El cansancio y la pérdida de sangre habían debilitado al grifo durante su vuelo hacia el sur. No recordaba en qué momento había cambiado el rumbo de su vuelo, pero de repente, Nanai-Shai se encontró sobrevolando los pantanos de los Humedales. Su único ojo sano, se cerraba. El grifo se adormecía en pleno vuelo. Luchaba por no dormirse, por resistir, hasta que el cansancio le venció. Cayó en picado sobre los pantanos, sin posibilidad de detener el desastre.
Nurion esperaba con paciencia, de pie sobre su pequeña barca, con la lanza presta, a que uno de los crocoliscos del pantano pasara cerca de él. El joven cazador se dedicaba a cazar los grandes reptiles de los Humedales, para vender su carne y su piel en la ciudad portuaria de Menethil. Había heredado el oficio de su padre y se había convertido en un cazador excelente y en un buen explorador y rastreador, experto en moverse en bosques y pantanos. En silencio, con la lanza levantada, Nurion observó como un crocolisco se acercaba a la barca, sumergido en el agua del pantano. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para no fallar, Nurion lanzó el arma hacia el dorso del reptil. La lanza atravesó su dura piel y su carne, clavándose en el corazón del animal, que en pocos segundos, murió. Su cuerpo inerte, ascendió en el agua, hasta llegar a la superficie, donde un sonriente Nurion le esperaba. Era la segunda pieza que se cobraba aquel día. Uno más, y podría volver a casa para despellejarlos y descuartizarlos para su venta.
Mientras recogía la lanza con la cuerda a la que iba atada, acercando el crocolisco muerto hacia la barca, un estruendo de ramas le distrajo de su tarea. Nurion levantó la mirada, justo a tiempo para ver un extraño y pesado cuerpo caer desde el cielo, rompiendo las ramas de los árboles, hasta estrellarse contra el agua, a pocos metros de él. El cuerpo quedó en la superficie, flotando, sin moverse, mientras varios crocoliscos, alertados por la posibilidad de una nueva presa, se lanzaron al agua. El joven sabía que no tenía mucho tiempo. Olvidando al crocolisco muerto, Nurion acercó la barca con rapidez hacia el cuerpo del agua. Una vez a su lado, cogió una lanza y comenzó a gritar, para distraer a los reptiles que se acercaban a su inesperada presa. Nurion atacó a uno de ellos, clavándole la lanza en la cabeza. El crocolisco se quedó junto a la barca, convulsionándose, mientras la muerte se adueñaba de su cuerpo. El resto de reptiles, viendo que su comida tenía un guardián peligroso, desistieron de avanzar y volvieron a la seguridad de las profundidades del agua.
Nurion observó que el cuerpo que había caído del cielo era un grifo. El joven había oído hablar de ellos, pero nunca había visto ninguno. Sabía que en el reino del norte, los criaban para realizar duros trabajos, pero jamás había tenido uno tan cerca. Nurion no sabía si la criatura habría sobrevivido a la caída, ya que se la veían malherida y magullada por varias zonas de su cuerpo. Aún así, el joven ató una cuerda al grifo y lo acercó con su barca a la orilla. Una vez fuera del agua, Nurion observó que el grifo aún respiraba, pues su poderoso pecho subía y bajaba con el ritmo de su respiración.
Después, volvió al agua para cobrarse sus dos crocoliscos que había matado. Necesitaba llegar a su cabaña en el pantano, allí podría curar al grifo herido y trabajar en los crocoliscos. Su caballo le esperaba cerca, pastando. El joven tendría que improvisar unas parihuelas grandes, para poder llevar al grifo, pues como pudo comprobar por él mismo, pesaba demasiado para subirlo al pequeño carro en el que siempre llevaba sus presas.
En pocos minutos, Nurion cortó varias ramas y un par de troncos, con los que hizo unas parihuelas decentes. Después, ató la cuerda a la silla del caballo y arrastró al grifo durante unos pocos metros, hasta que consiguió situarlo sobre la improvisada camilla. Tras atar la camilla al carro y volver a colocar el caballo en el yugo del mismo, Nurion se dirigió hacia su cabaña.
- No te preocupes, extraña criatura,- dijo Nurion refiriéndose al grifo. Pronto estaremos en mi casa y podré curarte las heridas. Espero que no sea demasiado tarde.
Una vez en la cabaña de Nurion, lo primero que hizo el joven cazador fue sacar todos sus utensilios de primeros auxilios del baúl en el que los guardaba. Con un pequeño cuchillo afilado, Nurion extrajo las flechas que atravesaban el emplumado cuerpo del grifo, lavando las heridas después con agua limpia. Durante un buen rato, cosió con delicadeza todas las heridas del grifo, aplicándoles un extraño ungüento que las protegería de las infecciones. Después, vendó bien las heridas y lavó el rostro del grifo con agua caliente. Hubiera deseado lavar todo su cuerpo, pero al estar el grifo inconsciente, Nurion no podía levantarlo él solo. Tras terminar de curarle, encendió un agradable fuego junto al grifo, para que estuviese caliente, ya que la pérdida de sangre, provocaba la hipotermia, como su padre le había enseñado hacía años.
- Tengo alguna poción de curación,- dijo Nurion, como si el grifo pudiese oírle. Las compro en el mercado de Menethil, pero no sé si te servirán. Nunca oí que se pudiesen utilizar con los animales o con los grifos. Pero con lo que te he hecho, podrás aguantar hasta que lo sepa.
Tras estas palabras, Nurion se dirigió hacia el carro, de donde bajó los tres crocoliscos que había capturado aquel día. Cogiendo un largo cuchillo muy afilado, se dispuso a iniciar la tarea de despellejarlos. La piel de aquellos reptiles haría que al día siguiente, en el mercado de la ciudad, pudiese comprar más víveres y alguna poción más que el grifo pudiese necesitar. La carne serviría para alimentarles y con lo que vendiera, el joven pensaba comprar ropa y algún arma nueva. En aquel momento, Nurion paró lo que estaba haciendo. En realidad, el joven no tenía ni idea de lo que comía un grifo. No sabía si aquella criatura se comería la carne de un crocolisco, cruda o cocinada.
- Mañana tendré que ir a la ciudad. Sé de alguien que me podrá ayudar contigo.
viernes, 16 de mayo de 2008
miércoles, 14 de mayo de 2008
Anales de la Hermandad: 3. De la huida de Nanai-Shai
Un amanecer claro dio paso a un día caluroso, como casi todos los días que existían en las minas de hierro. El grifo Nanai-Shai tiraba de su carro, una y otra vez, sacando menas de hierro del interior de las minas, bajo los chasquidos del látigo de los capataces. En uno de aquellos viajes, el gran grifo observó como uno de los capataces golpeaba incesantemente a uno de los suyos. Una hembra de cierta edad, que ya no servía para dar descendencia, pero que sí servía para sacar mineral de las minas. En la sociedad de los grifos, los jóvenes tenían mucho respeto para los grifos ancianos, y ver aquello, ver como la hembra yacía en el suelo, mientras el capataz la golpeaba una y otra vez con un grueso bastón de madera, enfureció al grifo.
Con un potente rugido, Nanai-Shai se encabritó sobre sus patas traseras. Con su fuerte pico, rompió las ataduras que le aprisionaban al gran carro de mineral. El capataz que iba con él, al ver aquella demostración de fuerza en un animal poco alimentado y exhausto, se asustó y salió corriendo hacia los barracones, pidiendo ayuda. Nanai-Shai se acercó al capataz que golpeaba a la hembra, que no se había percatado de nada. Sin un solo aviso, sin ningún tipo de piedad, Nanai-Shai levantó sus garras delanteras, en forma de garra de águila y descargó dos potentes zarpazos contra la espalda del capataz. Con un grito ahogado, el cuerpo del capataz cayó al suelo, con enormes surcos abiertos en su espalda, por donde se desangraba.
La hembra yacía en el suelo, respirando con dificultad, debido a la paliza que le había dado el capataz. Nanai-Shai se acercó a cabeza a la de ella, para darle ánimos.
- ¿Porqué lo has hecho?,- dijo la hembra en su idioma telepático.
- Es lo que tenía que hacer,- dijo Nanai-Shai. No voy a permitirles que sigan haciendo esto.
- Pero ahora, tú estás en peligro. Te castigarán a ti.
- Mejor yo que tú,- dijo el grifo.
De repente, un zumbido y un intenso dolor en la grupa del grifo, alertaron a Nanai-Shai del ataque. Uno de los humanos había disparado una flecha contra él, clavándola en la grupa del animal. El grifo se volvió enfurecido, levantando su garra para luchar contra los humanos. Si iban a matarle, moriría matando a sus esclavistas.
Varios humanos le rodearon, empuñando largos bastones y espadas, mientras dos más le apuntaban con arcos. Nanai-Shai luchó contra los humanos, despedazándolos con sus garras y con su pico. Luchó como habían luchado sus antepasados, con furia y presteza. Había matado a varios humanos cuando sintió varias corrientes de dolor en su cuerpo. Dos flechas más se habían alojado en él. Una en el pecho y otra en un costado, llegando a perforarle uno de sus pulmones. Respirando con dificultad, Nanai-Shai se acercó a los humanos para acabar con ellos, cuando una voz gritó en su mente.
- ¡No seas loco! ¡Huye!,- dijo la hembra.
- No. Moriré luchando. Moriré matando.
- Debes huir, Nanai. Debes hacerlo por nosotros. Debes vivir y morir libre.
Varios humanos se habían acercado más hacia el grifo herido. Nanai-Shai los miró indeciso, casi convencido de hacer caso omiso de la hembra. Pero la idea de poder volar libre y morir como un ser libre, pudo más que su deseo de venganza. Con un agudo grito, Nanai-Shai desplegó sus poderosas alas y, con un gran salto, se elevó sobre los humanos, volando hacia el cielo, volando hacia la libertad. Varias flechas pasaron a su alrededor y dos más le hirieron, pero ya no importaba nada, el grifo volaba hacia el sur, hacia la libertad. Sabía que iba a morir, pero, aún así, estaba feliz. Moriría siendo libre.
Mientras, en el suelo, uno de los capataces se acercó a la hembra, empuñando un gran hacha de dos manos. Con una mirada de desprecio, el humano levantó el hacha y la descargó sobre el cuello del animal. Lo último que vio Nanai-Shai antes de desaparecer en el horizonte, fue la cabeza de la hembra rodar en el suelo, alejándose de su cuerpo muerto. Dos lágrimas cayeron de sus ojos, mientras el grifo volvía la vista hacia el frente, hacia su libertad.
Con un potente rugido, Nanai-Shai se encabritó sobre sus patas traseras. Con su fuerte pico, rompió las ataduras que le aprisionaban al gran carro de mineral. El capataz que iba con él, al ver aquella demostración de fuerza en un animal poco alimentado y exhausto, se asustó y salió corriendo hacia los barracones, pidiendo ayuda. Nanai-Shai se acercó al capataz que golpeaba a la hembra, que no se había percatado de nada. Sin un solo aviso, sin ningún tipo de piedad, Nanai-Shai levantó sus garras delanteras, en forma de garra de águila y descargó dos potentes zarpazos contra la espalda del capataz. Con un grito ahogado, el cuerpo del capataz cayó al suelo, con enormes surcos abiertos en su espalda, por donde se desangraba.
La hembra yacía en el suelo, respirando con dificultad, debido a la paliza que le había dado el capataz. Nanai-Shai se acercó a cabeza a la de ella, para darle ánimos.
- ¿Porqué lo has hecho?,- dijo la hembra en su idioma telepático.
- Es lo que tenía que hacer,- dijo Nanai-Shai. No voy a permitirles que sigan haciendo esto.
- Pero ahora, tú estás en peligro. Te castigarán a ti.
- Mejor yo que tú,- dijo el grifo.
De repente, un zumbido y un intenso dolor en la grupa del grifo, alertaron a Nanai-Shai del ataque. Uno de los humanos había disparado una flecha contra él, clavándola en la grupa del animal. El grifo se volvió enfurecido, levantando su garra para luchar contra los humanos. Si iban a matarle, moriría matando a sus esclavistas.
Varios humanos le rodearon, empuñando largos bastones y espadas, mientras dos más le apuntaban con arcos. Nanai-Shai luchó contra los humanos, despedazándolos con sus garras y con su pico. Luchó como habían luchado sus antepasados, con furia y presteza. Había matado a varios humanos cuando sintió varias corrientes de dolor en su cuerpo. Dos flechas más se habían alojado en él. Una en el pecho y otra en un costado, llegando a perforarle uno de sus pulmones. Respirando con dificultad, Nanai-Shai se acercó a los humanos para acabar con ellos, cuando una voz gritó en su mente.
- ¡No seas loco! ¡Huye!,- dijo la hembra.
- No. Moriré luchando. Moriré matando.
- Debes huir, Nanai. Debes hacerlo por nosotros. Debes vivir y morir libre.
Varios humanos se habían acercado más hacia el grifo herido. Nanai-Shai los miró indeciso, casi convencido de hacer caso omiso de la hembra. Pero la idea de poder volar libre y morir como un ser libre, pudo más que su deseo de venganza. Con un agudo grito, Nanai-Shai desplegó sus poderosas alas y, con un gran salto, se elevó sobre los humanos, volando hacia el cielo, volando hacia la libertad. Varias flechas pasaron a su alrededor y dos más le hirieron, pero ya no importaba nada, el grifo volaba hacia el sur, hacia la libertad. Sabía que iba a morir, pero, aún así, estaba feliz. Moriría siendo libre.
Mientras, en el suelo, uno de los capataces se acercó a la hembra, empuñando un gran hacha de dos manos. Con una mirada de desprecio, el humano levantó el hacha y la descargó sobre el cuello del animal. Lo último que vio Nanai-Shai antes de desaparecer en el horizonte, fue la cabeza de la hembra rodar en el suelo, alejándose de su cuerpo muerto. Dos lágrimas cayeron de sus ojos, mientras el grifo volvía la vista hacia el frente, hacia su libertad.
viernes, 9 de mayo de 2008
Anales de la Hermandad: 2. Del cautiverio de los Grifos
En los rincones de la antigüedad del mundo, hace más de un milenio, la vida era muy distinta de lo que conocemos hoy. Hubo un tiempo en el que los grifos, magníficos animales, nobles y regios, estaban esclavizados por los humanos. Utilizados como bestias de carga y para combates a muerte, los grifos llevaban una existencia penosa y servil, muy lejos de la vida de paz y armonía que llevan en la actualidad, en conjunción con la Alianza y bajo la supervisión de la Hermandad de los Caballeros del Grifo, defensores de tan fantásticas criaturas.
En aquella época, durante el reinado de Asgalar, rey de los Chedneks, los humanos conformaban un gran reino que comprendía desde los espesos bosques del norte de Azeroth hasta las heladas cumbres de Dun Morogh, hogar hoy de los enanos, que fueron expulsados siglos después, por los orcos, de su gran reino de Runkthaerk, la actual Rocanegra.
Asgalar era un tirano, un dictador, que había sometido a los humanos a su capricho. Durante su reinado, los grifos vivieron la peor de sus épocas como esclavos de los hombres. Asgalar había temido una rebelión de los grifos, pues en su interior, les tenía miendo. Temía a estos magníficos seres mágicos. Temía que llegasen algún día a entender que eran muy superiores a los humanos. Para evitar una tragedia como aquella, Asgalar había ordenado recoger todos los huevos de grifo que las hembras habían tenido, y esconderlos en cuevas secretas. Allí, los nuevos grifos nacerían bajo la supervisión de sacerdotes leales a Asgalar, sin que los grifos adultos supiesen donde se escondía su descendencia y con el temor omnipresente de que, si desobedecían a los humanos, los jóvenes grifos sufrirían las consecuencias.
Hoy en día, los hombres nos avergonzamos de aquel comportamiento. Pero nos ganamos el perdón de los grifos gracias a Nurion, el primer rey de Lordaeron. El rey Nurion Corazón de Grifo.
En las minas de hierro al este de Sthranbrad, una multitud de esclavos excavaban en la tierra, en busca del preciado mineral utilizado para armas y armaduras. Humanos, enanos y orcos, se afanaban bajo los golpes de los látigos de los capataces, picando la roca y extrayendo el mineral. Una vez fuera de la tierra, el mineral era transportado hacia grandes carros de madera, para sacar las menas al exterior de las minas, donde se fundiría para conseguir el mineral puro, que sería utilizado después en las forjas y herrerías del reino.
Atado a uno de estos grandes carros, un imponente grifo esperaba, con paciencia, a que los esclavos cargasen las menas de hierro en su interior. El grifo, esclavo al igual que el resto, transportaba el carro una y otra vez hacia el exterior. Durante toda su vida, el animal no había hecho otra cosa. Uno de sus hermosos ojos aparecía velado y el rostro alrededor del mismo, estaba circundado por una cicatriz en la que no habían crecido las plumas. Cicatriz producida por un latigazo no hacía mucho tiempo. El resto del cuerpo del grifo presentaba varias cicatrices de latigazos.
Un chasquido sacó al grifo de su ensimismamiento. El animal había estado cavilando sobre su desdichada vida, y no se había fijado en que el carro de madera ya estaba cargado con las menas de hierro de la mina.
- ¡Vamos, bestia estúpida!,- gritó el capataz que había agitado el látigo. ¡Muévete de una vez, o te cortaré las alas!
El grifo comenzó a avanzar, penosamente, pues el peso del carro era demasiado grande para una criatura como él. Aún así, poco a poco, el grifo consiguió sacar el carro de la mina y llevarlo hasta donde otros esclavos lo descargarían y lo arrojarían a las grandes forjas para extraer el mineral puro.
Una vez descargado, otro capataz hizo restallar su látigo, obligando al grifo a volver al interior de la mina, para extraer otro carro lleno.
Ese era el día a día de los grifos destinados en aquel lugar. Extraer carros cargados con menas de hierro de la mina, y volver dentro con los carros vacíos. Una y otra vez, una y otra vez.
Para evitar que volaran, los capataces los ataban a los grandes carros, sabiendo que los grifos, mal alimentados, no podrían volar con el peso muerto de los enormes transportes de madera arrastrando tras ellos. Cada vez que dos carros se cruzaban ambos grifos se miraban con tristeza, ansiando tiempos mejores y recordando los lejanos días en los que surcaban los cielos en libertad. Silenciosas palabras se dirigían uno a otro, en su extraño idioma telepático, cualidad que los humanos, por entonces, desconocían de los grifos. En aquel silencioso y triste idioma, se daban ánimos y apoyo espiritual, esperando, con ansiedad, el día de su liberación.
Los grifos lloraban en la noche, encerrados en grandes rediles dentro de las minas, y atados a sus enormes carros de por vida, añorando su libertad y preocupados por sus huevos y su descendencia. Los jóvenes grifos nacían en cautiverio, y desde el primer momento de su nacimiento, los humanos ya les golpeaban y les obligaban a trabajar, en tareas menores, minando su fuerza de voluntad, hasta hacerla desaparecer por completo.
Pero Nanai-Shai, el grifo tuerto, sentía en su corazón que, tarde o temprano, llegaría el final de la esclavitud, aunque para muchos, aquello suponía morir por los latigazos o los golpes, propinados por los capataces que se extralimitaban en sus castigos. De todas formas, había grifos de sobra, y la muerte de uno de ellos en las minas, no importaba absolutamente nada a los humanos, ya que tenían reservas de sobra.
En aquella época, durante el reinado de Asgalar, rey de los Chedneks, los humanos conformaban un gran reino que comprendía desde los espesos bosques del norte de Azeroth hasta las heladas cumbres de Dun Morogh, hogar hoy de los enanos, que fueron expulsados siglos después, por los orcos, de su gran reino de Runkthaerk, la actual Rocanegra.
Asgalar era un tirano, un dictador, que había sometido a los humanos a su capricho. Durante su reinado, los grifos vivieron la peor de sus épocas como esclavos de los hombres. Asgalar había temido una rebelión de los grifos, pues en su interior, les tenía miendo. Temía a estos magníficos seres mágicos. Temía que llegasen algún día a entender que eran muy superiores a los humanos. Para evitar una tragedia como aquella, Asgalar había ordenado recoger todos los huevos de grifo que las hembras habían tenido, y esconderlos en cuevas secretas. Allí, los nuevos grifos nacerían bajo la supervisión de sacerdotes leales a Asgalar, sin que los grifos adultos supiesen donde se escondía su descendencia y con el temor omnipresente de que, si desobedecían a los humanos, los jóvenes grifos sufrirían las consecuencias.
Hoy en día, los hombres nos avergonzamos de aquel comportamiento. Pero nos ganamos el perdón de los grifos gracias a Nurion, el primer rey de Lordaeron. El rey Nurion Corazón de Grifo.
En las minas de hierro al este de Sthranbrad, una multitud de esclavos excavaban en la tierra, en busca del preciado mineral utilizado para armas y armaduras. Humanos, enanos y orcos, se afanaban bajo los golpes de los látigos de los capataces, picando la roca y extrayendo el mineral. Una vez fuera de la tierra, el mineral era transportado hacia grandes carros de madera, para sacar las menas al exterior de las minas, donde se fundiría para conseguir el mineral puro, que sería utilizado después en las forjas y herrerías del reino.
Atado a uno de estos grandes carros, un imponente grifo esperaba, con paciencia, a que los esclavos cargasen las menas de hierro en su interior. El grifo, esclavo al igual que el resto, transportaba el carro una y otra vez hacia el exterior. Durante toda su vida, el animal no había hecho otra cosa. Uno de sus hermosos ojos aparecía velado y el rostro alrededor del mismo, estaba circundado por una cicatriz en la que no habían crecido las plumas. Cicatriz producida por un latigazo no hacía mucho tiempo. El resto del cuerpo del grifo presentaba varias cicatrices de latigazos.
Un chasquido sacó al grifo de su ensimismamiento. El animal había estado cavilando sobre su desdichada vida, y no se había fijado en que el carro de madera ya estaba cargado con las menas de hierro de la mina.
- ¡Vamos, bestia estúpida!,- gritó el capataz que había agitado el látigo. ¡Muévete de una vez, o te cortaré las alas!
El grifo comenzó a avanzar, penosamente, pues el peso del carro era demasiado grande para una criatura como él. Aún así, poco a poco, el grifo consiguió sacar el carro de la mina y llevarlo hasta donde otros esclavos lo descargarían y lo arrojarían a las grandes forjas para extraer el mineral puro.
Una vez descargado, otro capataz hizo restallar su látigo, obligando al grifo a volver al interior de la mina, para extraer otro carro lleno.
Ese era el día a día de los grifos destinados en aquel lugar. Extraer carros cargados con menas de hierro de la mina, y volver dentro con los carros vacíos. Una y otra vez, una y otra vez.
Para evitar que volaran, los capataces los ataban a los grandes carros, sabiendo que los grifos, mal alimentados, no podrían volar con el peso muerto de los enormes transportes de madera arrastrando tras ellos. Cada vez que dos carros se cruzaban ambos grifos se miraban con tristeza, ansiando tiempos mejores y recordando los lejanos días en los que surcaban los cielos en libertad. Silenciosas palabras se dirigían uno a otro, en su extraño idioma telepático, cualidad que los humanos, por entonces, desconocían de los grifos. En aquel silencioso y triste idioma, se daban ánimos y apoyo espiritual, esperando, con ansiedad, el día de su liberación.
Los grifos lloraban en la noche, encerrados en grandes rediles dentro de las minas, y atados a sus enormes carros de por vida, añorando su libertad y preocupados por sus huevos y su descendencia. Los jóvenes grifos nacían en cautiverio, y desde el primer momento de su nacimiento, los humanos ya les golpeaban y les obligaban a trabajar, en tareas menores, minando su fuerza de voluntad, hasta hacerla desaparecer por completo.
Pero Nanai-Shai, el grifo tuerto, sentía en su corazón que, tarde o temprano, llegaría el final de la esclavitud, aunque para muchos, aquello suponía morir por los latigazos o los golpes, propinados por los capataces que se extralimitaban en sus castigos. De todas formas, había grifos de sobra, y la muerte de uno de ellos en las minas, no importaba absolutamente nada a los humanos, ya que tenían reservas de sobra.
Anales de la Hermandad: 1. Prólogo
Como una de las Hermandades más antiguas y famosas de Azeroth, los Caballeros del Grifo tienen una historia antigua y detallada de sus hazañas.
Con una serie de relatos que llevarán todos el título de Anales de la Hermandad, quiero relatar la historia de esta magnífica Hermandad de jugadores de World of Warcraft.
Como dijo el gran bardo Thalwar cuando leyó por primera vez nuestra historia, cautivado por la magnificencia de los grifos:
“Vuela raudo y veloz,
Hacia el cielo has de ir.
Huye lejos de aquí,
Tienes que sobrevivir.
Perseguido serás,
La tierra surcarás.
Maltrecho animal,Ni una lágrima te caerá”
Con una serie de relatos que llevarán todos el título de Anales de la Hermandad, quiero relatar la historia de esta magnífica Hermandad de jugadores de World of Warcraft.
Como dijo el gran bardo Thalwar cuando leyó por primera vez nuestra historia, cautivado por la magnificencia de los grifos:
“Vuela raudo y veloz,
Hacia el cielo has de ir.
Huye lejos de aquí,
Tienes que sobrevivir.
Perseguido serás,
La tierra surcarás.
Maltrecho animal,Ni una lágrima te caerá”
jueves, 8 de mayo de 2008
Nota nº 1
Con el undécimo capítulo llega a su fin el primer cuento sobre algunos de los principales personajes de la Hermandad de los Caballeros del Grifo. Espero que os haya gustado. Con posterioridad, iré añadiendo más historias sobre ellos.
Un saludo.
Wulbaif, Protector y Gran Maestro de la Hermandad de los Caballeros del Grifo.
Un saludo.
Wulbaif, Protector y Gran Maestro de la Hermandad de los Caballeros del Grifo.
11. Sinceridad
Tres noches después, los compañeros estaban acampados en el campamento de los magos de Dalaran. Zhuomar había quedado impresionado con la historia de lo que había ocurrido en el castillo. Y, sobre todo, le había agradado mucho que el mal de aquel sitio hubiera recibido aquel fantástico golpe.
Zadhar estaba en el límite del campamento, solo. Intentaba asimilar todo lo que había vivido aquellos días.
- ¿Porqué no me lo dijiste, Mirklo?,- se preguntaba el guerrero. ¿Porqué no me lo contaste?
- ¿Estás bien?,- preguntó Wulbaif.
El guerrero se giró sobresaltado.
- Sí. No pasa nada. Es que…
- Lo entiendo,- dijo el paladín. Han sido demasiadas emociones, demasiados asuntos ocultos. Necesitas tiempo para adaptarte…
- Tú lo has dicho, Wulf,- dijo Jezabell acercándose al paladín desde atrás. Demasiados asuntos ocultos.
El paladín se giró y vio a sus amigos acercarse a ellos.
- Sí,- dijo Torvald. ¿Cómo conocías ese veneno?
- ¿Y a qué se refería mi… hermano con lo de que tú volverías a ser la criatura que eras antes?,- dijo Zadhar.
Wulbaif se quedó pensativo, con la mirada perdida. La niña, que no se había separado del paladín en ningún momento, se cogió de sus manos.
- Wulf,- dijo Namis. Ha llegado la hora de que nos cuentes todo, ¿no crees?
- No podéis pedirme eso,- dijo el paladín.
- Vamos, muchacho,- dijo Torvald. Somos compañeros, hermanos de armas. ¿Aún no has aprendido a confiar en nosotros?
- Confío plenamente en vosotros, Torvald,- dijo Wulbaif. Os confiaría mi vida a todos vosotros, sin dudarlo. Pero, esto…
- Por favor, Wulf,- dijo Jezabell. No vuelvas a decir que tu pasado es muy complicado. Cuéntanos, ¿qué te atormenta? ¿De qué tienes miedo?
- ¿Tienes miedo de nosotros?,- preguntó Zadhar.
- No. Temo vuestra reacción a saber la verdad de mi pasado.
Wulbaif volvió a quedarse callado, pensativo, hundido en sus pensamientos. Tal vez había llegado la hora de sincerarse con sus amigos, al menos, con aquellos.
- ¿Qué visteis en los vampiros del castillo?,- preguntó de repente Wulbaif. ¿Qué visteis en sus ojos?
- ¿A qué te refieres?,- dijo Zadhar. Vimos vampiros, vimos seres malignos.
- Yo me vi a mí mismo,- dijo Wulbaif con una amarga sonrisa en sus labios. Vi mi pasado.
Sus amigos se quedaron callados.
- Fui el General del Batallón de Sangre de Arthas,- dijo Wulbaif. Fui un vampiro al servicio de la Plaga.
Sus compañeros estaban en silencio, conmocionados por lo que el paladín acababa de decir. De repente, Namis se acercó a él, con lágrimas en los ojos.
- Maldito,- dijo la elfa. ¡Tú mataste a mi pueblo!
La mujer elfa abofeteó el rostro del paladín, que recibió los golpes con estoicismo, sin defenderse. Fue Jezabell quien apartó a la elfa de Wulbaif. Namis cayó al suelo llorando, mientras el resto miraba a Wulbaif con miedo, tal y como el paladín había sospechado que pasaría. Un hilo de sangre le salía de su boca, consecuencia de los golpes de Namis.
- Por eso no quería contaros nada,- dijo Wulbaif. Ahora me teméis, aunque no hay motivo. Aún así, os contaré todo.
Wulbaif les contó todo lo ocurrido durante el final de la Gran Guerra, su caída en el Abismo y su resurrección, a cargo de los dioses. Les contó todo sobre su condena y su maldición. Ellos escucharon todo en silencio, excepto por Namis, que seguía llorando.
- Eso es todo lo que queríais saber,- dijo Wulbaif quitándose el destrozado tabardo de la Hermandad.
- ¿Porqué te quitas el tabardo?,- preguntó Jezabell.
La bruja fue la única en poder articular palabra, tras unos segundos. Wulbaif permanecía en silencio, mientras doblaba el tabardo con cariño. Tras doblarlo, el paladín observó el símbolo que había dirigido los últimos años de su vida. El grifo dorado, desgarrado por los últimos combates. Wulbaif lo acarició con los dedos, después, se lo tendió a Jezabell, en silencio.
- Pero, ¿qué haces?,- preguntó Jezabell.
- He perdido vuestra confianza,- dijo Wulbaif mientras se giraba para marcharse. Eso es algo que nunca voy a poder recuperar. Es mejor que me marche, que me aleje de vosotros. Estaréis mejor sin mí. Ya no tengo derecho a volver con vosotros a la Hermandad. Buscaré mi perdón en otro sitio.
Zadhar vio como su amigo se marchaba, internándose en al oscuridad del bosque, con un nudo en la garganta. Jezabell lloraba también, igual que Namis. Torvald, el enano del clan Macleod, se quedó sin hablar, sin saber qué decir, mientras Wulbaif se marchaba.
La niña seguía cogida de la mano de Wulbaif. El paladín intentó que se marchara, que volviera con los otros.
- Tienes que ir con ellos,- dijo Wulbaif. Estarás más segura que conmigo.
Pero la niña no hacía caso. Lo miraba con calma y tranquilidad, sin soltar su mano.
- Has escuchado lo que fui una vez,- dijo el paladín. ¿No me tienes miedo?
La niña negó con la cabeza y, con una sonrisa, se abrazó a Wulbaif.
- Está bien,- dijo Wulbaif. Ven conmigo. Junto a mí, no tienes nada que temer.
Wulbaif siguió andando, en la oscuridad. Se dirigiría hacia el sur, hacia las montañas. Intentaría buscar un nuevo hogar en Forjaz, la capital del gran reino de los enanos.
Namis se levantó, con lágrimas en los ojos. Se dio cuenta de que Wulbaif se había marchado. Sin decir nada, la elfa corrió, detrás del paladín. Tras varios minutos de carrera, Namis alcanzó a Wulbaif en el bosque, cortándole el camino. Wulbaif se quedó parado, en pie, sin hacer nada, mientras Namis le apuntaba con una flecha preparada en su arco. La niña miraba asustada a Namis.
- Adelante, Namis,- dijo Wulbaif. Apunta bien al corazón. No vaciles.
Namis temblaba y lloraba al mismo tiempo. La elfa luchaba por no disparar al paladín.
- Vamos, Namis. Hazlo,- dijo Wulbaif con calma. Acaba con tu sufrimiento y con el mío. Lo único que te pido es que cuides de esta niña, nada más.
Namis lloraba amargamente. La elfa bajó el arco, disparando la flecha hacia el suelo, donde quedó clavada. Namis cayó de rodillas al suelo, mientras lloraba. Wulbaif se acercó a ella y se arrodilló a su lado.
- No llores, Namis,- dijo Wulbaif. ¿Por qué no lo has hecho? Tenías todo el derecho de acabar con mi vida.
- No podía matarte,- dijo Namis entre sollozos.
- Debiste hacerlo. Debes hacerlo.
- No…,- dijo Namis. No…
- Lo siento. Siento mucho todo el mal que le causé a tu pueblo, Namis. No hay dolor suficiente en el mundo para pagar por todo aquello. Cada día que me levanto, imploro el perdón para mí, y admito mi castigo por mi pasado.
- No te vayas,- dijo Namis. Quédate con nosotros.
- No puedo, Namis. Ahora no. Tengo que marcharme.
- No te dejaré. No voy a dejar que te vayas.
- No, Namis. No puedo quedarme. Ya no. No volveréis a confiar en mí. Ya no puedo estar a vuestro lado sin que me miréis con desprecio y odio.
- No has perdido nuestra confianza. La mía no.
- Ni la nuestra,- dijo Jezabell detrás de ellos.
Ambos se giraron. Jezabell, Zadhar y Torvald estaban allí, de pie, observando la escena.
- Quédate,- dijo Zadhar. Tu secreto estará a salvo con nosotros.
- Sí,- dijo el enano. No se lo diremos a nadie. Tú eres nuestro hermano de armas. No creas que vamos a dejar que te diviertas tú solo por ahí, sin contar con nosotros.
Jezabell se acercó a ellos y le tendió el tabardo a Wulbaif.
- Ten,- dijo la mujer,- creo que se te ha caído. Mañana te lo coseré.
Wulbaif cogió el tabardo, mientras las lágrimas afloraban a sus ojos. Se levantó y se lo volvió a poner.
- Gracias,- dijo Wulbaif.
Zadhar estaba en el límite del campamento, solo. Intentaba asimilar todo lo que había vivido aquellos días.
- ¿Porqué no me lo dijiste, Mirklo?,- se preguntaba el guerrero. ¿Porqué no me lo contaste?
- ¿Estás bien?,- preguntó Wulbaif.
El guerrero se giró sobresaltado.
- Sí. No pasa nada. Es que…
- Lo entiendo,- dijo el paladín. Han sido demasiadas emociones, demasiados asuntos ocultos. Necesitas tiempo para adaptarte…
- Tú lo has dicho, Wulf,- dijo Jezabell acercándose al paladín desde atrás. Demasiados asuntos ocultos.
El paladín se giró y vio a sus amigos acercarse a ellos.
- Sí,- dijo Torvald. ¿Cómo conocías ese veneno?
- ¿Y a qué se refería mi… hermano con lo de que tú volverías a ser la criatura que eras antes?,- dijo Zadhar.
Wulbaif se quedó pensativo, con la mirada perdida. La niña, que no se había separado del paladín en ningún momento, se cogió de sus manos.
- Wulf,- dijo Namis. Ha llegado la hora de que nos cuentes todo, ¿no crees?
- No podéis pedirme eso,- dijo el paladín.
- Vamos, muchacho,- dijo Torvald. Somos compañeros, hermanos de armas. ¿Aún no has aprendido a confiar en nosotros?
- Confío plenamente en vosotros, Torvald,- dijo Wulbaif. Os confiaría mi vida a todos vosotros, sin dudarlo. Pero, esto…
- Por favor, Wulf,- dijo Jezabell. No vuelvas a decir que tu pasado es muy complicado. Cuéntanos, ¿qué te atormenta? ¿De qué tienes miedo?
- ¿Tienes miedo de nosotros?,- preguntó Zadhar.
- No. Temo vuestra reacción a saber la verdad de mi pasado.
Wulbaif volvió a quedarse callado, pensativo, hundido en sus pensamientos. Tal vez había llegado la hora de sincerarse con sus amigos, al menos, con aquellos.
- ¿Qué visteis en los vampiros del castillo?,- preguntó de repente Wulbaif. ¿Qué visteis en sus ojos?
- ¿A qué te refieres?,- dijo Zadhar. Vimos vampiros, vimos seres malignos.
- Yo me vi a mí mismo,- dijo Wulbaif con una amarga sonrisa en sus labios. Vi mi pasado.
Sus amigos se quedaron callados.
- Fui el General del Batallón de Sangre de Arthas,- dijo Wulbaif. Fui un vampiro al servicio de la Plaga.
Sus compañeros estaban en silencio, conmocionados por lo que el paladín acababa de decir. De repente, Namis se acercó a él, con lágrimas en los ojos.
- Maldito,- dijo la elfa. ¡Tú mataste a mi pueblo!
La mujer elfa abofeteó el rostro del paladín, que recibió los golpes con estoicismo, sin defenderse. Fue Jezabell quien apartó a la elfa de Wulbaif. Namis cayó al suelo llorando, mientras el resto miraba a Wulbaif con miedo, tal y como el paladín había sospechado que pasaría. Un hilo de sangre le salía de su boca, consecuencia de los golpes de Namis.
- Por eso no quería contaros nada,- dijo Wulbaif. Ahora me teméis, aunque no hay motivo. Aún así, os contaré todo.
Wulbaif les contó todo lo ocurrido durante el final de la Gran Guerra, su caída en el Abismo y su resurrección, a cargo de los dioses. Les contó todo sobre su condena y su maldición. Ellos escucharon todo en silencio, excepto por Namis, que seguía llorando.
- Eso es todo lo que queríais saber,- dijo Wulbaif quitándose el destrozado tabardo de la Hermandad.
- ¿Porqué te quitas el tabardo?,- preguntó Jezabell.
La bruja fue la única en poder articular palabra, tras unos segundos. Wulbaif permanecía en silencio, mientras doblaba el tabardo con cariño. Tras doblarlo, el paladín observó el símbolo que había dirigido los últimos años de su vida. El grifo dorado, desgarrado por los últimos combates. Wulbaif lo acarició con los dedos, después, se lo tendió a Jezabell, en silencio.
- Pero, ¿qué haces?,- preguntó Jezabell.
- He perdido vuestra confianza,- dijo Wulbaif mientras se giraba para marcharse. Eso es algo que nunca voy a poder recuperar. Es mejor que me marche, que me aleje de vosotros. Estaréis mejor sin mí. Ya no tengo derecho a volver con vosotros a la Hermandad. Buscaré mi perdón en otro sitio.
Zadhar vio como su amigo se marchaba, internándose en al oscuridad del bosque, con un nudo en la garganta. Jezabell lloraba también, igual que Namis. Torvald, el enano del clan Macleod, se quedó sin hablar, sin saber qué decir, mientras Wulbaif se marchaba.
La niña seguía cogida de la mano de Wulbaif. El paladín intentó que se marchara, que volviera con los otros.
- Tienes que ir con ellos,- dijo Wulbaif. Estarás más segura que conmigo.
Pero la niña no hacía caso. Lo miraba con calma y tranquilidad, sin soltar su mano.
- Has escuchado lo que fui una vez,- dijo el paladín. ¿No me tienes miedo?
La niña negó con la cabeza y, con una sonrisa, se abrazó a Wulbaif.
- Está bien,- dijo Wulbaif. Ven conmigo. Junto a mí, no tienes nada que temer.
Wulbaif siguió andando, en la oscuridad. Se dirigiría hacia el sur, hacia las montañas. Intentaría buscar un nuevo hogar en Forjaz, la capital del gran reino de los enanos.
Namis se levantó, con lágrimas en los ojos. Se dio cuenta de que Wulbaif se había marchado. Sin decir nada, la elfa corrió, detrás del paladín. Tras varios minutos de carrera, Namis alcanzó a Wulbaif en el bosque, cortándole el camino. Wulbaif se quedó parado, en pie, sin hacer nada, mientras Namis le apuntaba con una flecha preparada en su arco. La niña miraba asustada a Namis.
- Adelante, Namis,- dijo Wulbaif. Apunta bien al corazón. No vaciles.
Namis temblaba y lloraba al mismo tiempo. La elfa luchaba por no disparar al paladín.
- Vamos, Namis. Hazlo,- dijo Wulbaif con calma. Acaba con tu sufrimiento y con el mío. Lo único que te pido es que cuides de esta niña, nada más.
Namis lloraba amargamente. La elfa bajó el arco, disparando la flecha hacia el suelo, donde quedó clavada. Namis cayó de rodillas al suelo, mientras lloraba. Wulbaif se acercó a ella y se arrodilló a su lado.
- No llores, Namis,- dijo Wulbaif. ¿Por qué no lo has hecho? Tenías todo el derecho de acabar con mi vida.
- No podía matarte,- dijo Namis entre sollozos.
- Debiste hacerlo. Debes hacerlo.
- No…,- dijo Namis. No…
- Lo siento. Siento mucho todo el mal que le causé a tu pueblo, Namis. No hay dolor suficiente en el mundo para pagar por todo aquello. Cada día que me levanto, imploro el perdón para mí, y admito mi castigo por mi pasado.
- No te vayas,- dijo Namis. Quédate con nosotros.
- No puedo, Namis. Ahora no. Tengo que marcharme.
- No te dejaré. No voy a dejar que te vayas.
- No, Namis. No puedo quedarme. Ya no. No volveréis a confiar en mí. Ya no puedo estar a vuestro lado sin que me miréis con desprecio y odio.
- No has perdido nuestra confianza. La mía no.
- Ni la nuestra,- dijo Jezabell detrás de ellos.
Ambos se giraron. Jezabell, Zadhar y Torvald estaban allí, de pie, observando la escena.
- Quédate,- dijo Zadhar. Tu secreto estará a salvo con nosotros.
- Sí,- dijo el enano. No se lo diremos a nadie. Tú eres nuestro hermano de armas. No creas que vamos a dejar que te diviertas tú solo por ahí, sin contar con nosotros.
Jezabell se acercó a ellos y le tendió el tabardo a Wulbaif.
- Ten,- dijo la mujer,- creo que se te ha caído. Mañana te lo coseré.
Wulbaif cogió el tabardo, mientras las lágrimas afloraban a sus ojos. Se levantó y se lo volvió a poner.
- Gracias,- dijo Wulbaif.
10. El final del Maestro Kler
Wulbaif se lanzó hacia el foso, aterrizando entre los vampiros. En su caída, arrastró a algunos hacia el suelo. Cuando se levantó, degolló a uno de los vampiros con su espada. Mientras el vampiro se deshacía, absorbido por la espada, el resto se apartó de ambos guerreros. Zadhar miró a Wulbaif, mientras el paladín le tendía su hacha. El guerrero la cogió. Una sonrisa apareció en sus labios. Ambos se pusieron espalda contra espalda, mientras volvían a atacar a los vampiros.
Mientras Jezabell había creado un campo de fuerza mágico, que impedía que las gárgolas les atacasen desde todos los lados. Las gárgolas se estrellaban una y otra vez contra el campo de fuerza. Jezabell mantenía las manos levantadas, para que el campo de fuerza no cayera. Pero no podría aguantar mucho tiempo más.
- ¡Daos prisa!,- gritó la bruja. No puedo aguantar eternamente.
Alzando las manos, Namis se concentró en las fuerzas de la naturaleza. Invocó el poder de las plantas de la zona. Tras un temblor del suelo, varias raíces gruesas surgieron de la roca, atrapando a dos de las gárgolas, que quedaron aprisionadas en el suelo, luchando por liberarse. Aún quedaban seis más. Era el momento de Torvald. El enano extrajo una de sus hachas arrojadizas. Torvald la lanzó con rapidez hacia una de las gárgolas que les sobrevolaban. El hacha hendió el cráneo del monstruo, que cayó al suelo muerto, donde se hizo añicos. Después, empuñando su espada, se lanzó hacia las cinco que quedaban.
En el foso, Wulbaif y Zadhar luchaban contra los vampiros. La destreza de ambos luchadores era muy superior a la de sus enemigos. Mientras las hachas encantadas del guerrero cercenaban cabezas, la espada mágica del paladín les absorbía la fuerza vital. En el suelo se amontonaban los montones de ceniza de los vampiros, con los cadáveres de los zombies y las víctimas del horrendo placer del Maestro Kler.
Torvald, al salir del campo de fuerza, hizo que las gárgolas le atacaran todas a él. Aquello hizo que Jezabell pudiera liberar el hechizo y lanzar otro contra aquellos seres de piedra, para ayudar al enano. La bruja dirigió sus manos hacia el grupo de gárgolas que sobrevolaba a Torvald, y se concentró en su siguiente conjuro.
- Gradork thain gamarc athiarii,- dijo la bruja en el extraño idioma de la magia negra.
Dos formas espectrales surgieron de sus manos. Dos fantasmas de sombras, que se dirigieron hacia el grupo de gárgolas. Los espectros consumían el pétreo cuerpo de las gárgolas, allí donde les tocaban. Torvald, mientras, luchaba contra dos de ellas, manteniéndolas a raya con su espada. A pesar de la ayuda de Jezabell, Namis sabía que el enano necesitaría más ayuda. Pero la elfa sabía que su magia estaba limitada allí dentro. Lo único que podía hacer era intentar distraer a las gárgolas de su objetivo principal: Torvald. Pero, aquello no funcionaría. Lo único que se le ocurrió…
Namis puso una flecha en su arco y disparó, pero no contra las gárgolas, sino contra una de las ventanas superiores. La flecha atravesó el aire y el cristal, rompiéndolo en mil trozos. Una ligera luz entró por la estrecha ventana. La luz de la luna. Era suficiente para su propósito. Dirigiendo las manos hacia las gárgolas, invocó el poder de los elfos nocturnos. Un rayo de luz lunar entró por la ventana rota, impactando contra dos de las gárgolas. Con un aullido de dolor, las gárgolas cayeron muertas al suelo.
Los enemigos estaban derrotados. En el foso, Wulbaif y Zadhar habían acabado con los vampiros, mientras que fuera, solo quedaban tres gárgolas. Dos de ellas estaban aprisionadas en las raíces que Namis había invocado, mientras que la otra, luchaba contra el enano. Torvald hundió la punta de su espada en el cuello de la gárgola, acabando con ella.
Lleno de ira, el Maestro Kler dio un fuerte grito de odio. Wulbaif fue levantado en el aire por una fuerza misteriosa, lanzado contra la pared del foso. El paladín se quedó allí, suspendido por alguna extraña fuerza mágica. Debido al golpe, su espada cayó al suelo. El paladín vio como, lentamente, la espada caía y se clavaba en el suelo del foso. Inmediatamente, la espada comenzó a generar la peligrosa niebla morada, al darse cuenta de que su dueño no podía luchar. Zadhar se acercó a Wulbaif, en una intención de ayudarle, pero el paladín le gritó para que no lo hiciera.
- ¡No!,- gritó Wulbaif. ¡No lo hagas! ¡No te acerques, Zadhar! ¡Sal de aquí, sal del foso! ¡No toques la niebla!
Zadhar miró a su amigo. El guerrero lanzó sus hachas por encima de la pared del foso y saltó, justo cuando la niebla llegaba a donde estaba él. Zadhar se cogió al borde del foso y, flexionando sus brazos, se levantó, hasta salir de allí.
- Quietos, o le mato,- gritó el brujo, cuando vio que los compañeros se dirigían hacia él.
Con un movimiento de sus manos, el brujo había hecho levitar una lanza que había junto a la pared, situándola frente a Wulbaif.
- No os paréis,- dijo Wulbaif. Matadlo. No os preocupéis por mí.
- Si lo hacéis, él morirá.
- De eso nada,- dijo Jezabell.
La bruja lanzó un rápido conjuro hacia el Maestro Kler. Una bola de fuego surgió de sus manos. Pero explotó antes de que llegase a su destino. Con una cruel risa, el Maestro Kler lanzó la lanza hacia Wulbaif. El arma atravesó el hombro derecho del paladín, haciendo que éste gritara de dolor.
- No podéis hacerme nada,- dijo el brujo. Mi campo de fuerza es impenetrable.
El brujo hizo levitar otra lanza, hacia el otro hombro de Wulbaif. El paladín gritó. Wulbaif estaba colgado en la pared, sangrando de sus heridas.
- Quédate ahí, General,- dijo el brujo. Te brindaré un fabuloso espectáculo con la tortura, el dolor y la muerte de tus amigos. Quizás así, sepas apreciar lo que una vez tuviste.
El brujo se giró hacia los compañeros.
- ¿A quién torturo primero?,- dijo el Maestro Kler. ¿A la bruja? ¿Al enano? ¿A la niña? No…., a la elfa, ¿verdad, General? Eran tus preferidas.
Wulbaif forcejeaba para soltarse, pero no podía. Las lanzas y el hechizo lo tenían aprisionado contra la pared.
- Ven hacia mí,- dijo el brujo a Namis.
La elfa comenzó a andar hacia el brujo, como sonámbula, sin poder detenerse.
- ¡No lo hagas, Namis!,- gritó Zadhar. ¡No vayas hacia él!
Pero la elfa no parecía oírle.
- ¡Para de una vez!,- gritó el guerrero. ¡Deja en paz a mis amigos, maldito!
El brujo reía mientras Namis se acercaba hacia él. Zadhar gritó desesperado. El guerrero se lanzó hacia sus hachas. Tras cogerlas, lanzó una hacia su hermano. El hacha voló directa hacia el campo de fuerza. El brujo sonreía, confiado en el poder de su magia, pero algo sucedió. El hacha tocó el campo de fuerza mágico y lo rompió, debido al poder del encantamiento que los magos de Dalaran habían efectuado sobre ella. Ante la mirada atónita del Maestro Kler, el hacha siguió su vuelo hacia él, clavándose brutalmente en su pecho. El brujo cayó al suelo, boqueando, mientras Namis despertaba de su extraño sueño. Zadhar se levantó del suelo y se dirigió hacia el trono. El Maestro Kler estaba allí. Aún vivía, intentando quitarse el hacha.
- No.., puede ser…,- dijo el brujo. Esto… no pue…de ocurrir…
- Estás muerto, hermano,- dijo Zadhar con desprecio mientras alzaba su otra hacha.
El arma bajó con rapidez, cortando el cuello del Maestro Kler. Aquel zombie que había matado a su familia llegó al final de su vida. La venganza de Zadhar se había cumplido. El guerrero sintió como un gran peso desaparecía de su corazón. Zadhar se dirigió hacia Wulbaif, para ayudarle.
- Ahora te saco,- dijo el guerrero.
- Aaaahh, no toquéis la niebla,- dijo Wulbaif.
- Esto te va a doler,- dijo Torvald.
Entre el enano y el guerrero, quitaron las lanzas que aprisionaban al paladín. Con un grito de dolor, Wulbaif fue alzado y sacado del foso. La sangre manaba de sus heridas, manchando su pecho y su espalda. La niña, que durante el combate había estado detrás de Jezabell y Namis, corrió hacia el paladín. Namis se arrodilló junto a él y, poniendo sus manos sobre las heridas, le curó con el poder de su magia. Una vez curado, Wulbaif se levantó.
Los pocos vampiros y hombres lobo que quedaban en el castillo, habían huido. Los compañeros liberaron al resto de los prisioneros y escaparon de aquel lugar maldito.
Mientras Jezabell había creado un campo de fuerza mágico, que impedía que las gárgolas les atacasen desde todos los lados. Las gárgolas se estrellaban una y otra vez contra el campo de fuerza. Jezabell mantenía las manos levantadas, para que el campo de fuerza no cayera. Pero no podría aguantar mucho tiempo más.
- ¡Daos prisa!,- gritó la bruja. No puedo aguantar eternamente.
Alzando las manos, Namis se concentró en las fuerzas de la naturaleza. Invocó el poder de las plantas de la zona. Tras un temblor del suelo, varias raíces gruesas surgieron de la roca, atrapando a dos de las gárgolas, que quedaron aprisionadas en el suelo, luchando por liberarse. Aún quedaban seis más. Era el momento de Torvald. El enano extrajo una de sus hachas arrojadizas. Torvald la lanzó con rapidez hacia una de las gárgolas que les sobrevolaban. El hacha hendió el cráneo del monstruo, que cayó al suelo muerto, donde se hizo añicos. Después, empuñando su espada, se lanzó hacia las cinco que quedaban.
En el foso, Wulbaif y Zadhar luchaban contra los vampiros. La destreza de ambos luchadores era muy superior a la de sus enemigos. Mientras las hachas encantadas del guerrero cercenaban cabezas, la espada mágica del paladín les absorbía la fuerza vital. En el suelo se amontonaban los montones de ceniza de los vampiros, con los cadáveres de los zombies y las víctimas del horrendo placer del Maestro Kler.
Torvald, al salir del campo de fuerza, hizo que las gárgolas le atacaran todas a él. Aquello hizo que Jezabell pudiera liberar el hechizo y lanzar otro contra aquellos seres de piedra, para ayudar al enano. La bruja dirigió sus manos hacia el grupo de gárgolas que sobrevolaba a Torvald, y se concentró en su siguiente conjuro.
- Gradork thain gamarc athiarii,- dijo la bruja en el extraño idioma de la magia negra.
Dos formas espectrales surgieron de sus manos. Dos fantasmas de sombras, que se dirigieron hacia el grupo de gárgolas. Los espectros consumían el pétreo cuerpo de las gárgolas, allí donde les tocaban. Torvald, mientras, luchaba contra dos de ellas, manteniéndolas a raya con su espada. A pesar de la ayuda de Jezabell, Namis sabía que el enano necesitaría más ayuda. Pero la elfa sabía que su magia estaba limitada allí dentro. Lo único que podía hacer era intentar distraer a las gárgolas de su objetivo principal: Torvald. Pero, aquello no funcionaría. Lo único que se le ocurrió…
Namis puso una flecha en su arco y disparó, pero no contra las gárgolas, sino contra una de las ventanas superiores. La flecha atravesó el aire y el cristal, rompiéndolo en mil trozos. Una ligera luz entró por la estrecha ventana. La luz de la luna. Era suficiente para su propósito. Dirigiendo las manos hacia las gárgolas, invocó el poder de los elfos nocturnos. Un rayo de luz lunar entró por la ventana rota, impactando contra dos de las gárgolas. Con un aullido de dolor, las gárgolas cayeron muertas al suelo.
Los enemigos estaban derrotados. En el foso, Wulbaif y Zadhar habían acabado con los vampiros, mientras que fuera, solo quedaban tres gárgolas. Dos de ellas estaban aprisionadas en las raíces que Namis había invocado, mientras que la otra, luchaba contra el enano. Torvald hundió la punta de su espada en el cuello de la gárgola, acabando con ella.
Lleno de ira, el Maestro Kler dio un fuerte grito de odio. Wulbaif fue levantado en el aire por una fuerza misteriosa, lanzado contra la pared del foso. El paladín se quedó allí, suspendido por alguna extraña fuerza mágica. Debido al golpe, su espada cayó al suelo. El paladín vio como, lentamente, la espada caía y se clavaba en el suelo del foso. Inmediatamente, la espada comenzó a generar la peligrosa niebla morada, al darse cuenta de que su dueño no podía luchar. Zadhar se acercó a Wulbaif, en una intención de ayudarle, pero el paladín le gritó para que no lo hiciera.
- ¡No!,- gritó Wulbaif. ¡No lo hagas! ¡No te acerques, Zadhar! ¡Sal de aquí, sal del foso! ¡No toques la niebla!
Zadhar miró a su amigo. El guerrero lanzó sus hachas por encima de la pared del foso y saltó, justo cuando la niebla llegaba a donde estaba él. Zadhar se cogió al borde del foso y, flexionando sus brazos, se levantó, hasta salir de allí.
- Quietos, o le mato,- gritó el brujo, cuando vio que los compañeros se dirigían hacia él.
Con un movimiento de sus manos, el brujo había hecho levitar una lanza que había junto a la pared, situándola frente a Wulbaif.
- No os paréis,- dijo Wulbaif. Matadlo. No os preocupéis por mí.
- Si lo hacéis, él morirá.
- De eso nada,- dijo Jezabell.
La bruja lanzó un rápido conjuro hacia el Maestro Kler. Una bola de fuego surgió de sus manos. Pero explotó antes de que llegase a su destino. Con una cruel risa, el Maestro Kler lanzó la lanza hacia Wulbaif. El arma atravesó el hombro derecho del paladín, haciendo que éste gritara de dolor.
- No podéis hacerme nada,- dijo el brujo. Mi campo de fuerza es impenetrable.
El brujo hizo levitar otra lanza, hacia el otro hombro de Wulbaif. El paladín gritó. Wulbaif estaba colgado en la pared, sangrando de sus heridas.
- Quédate ahí, General,- dijo el brujo. Te brindaré un fabuloso espectáculo con la tortura, el dolor y la muerte de tus amigos. Quizás así, sepas apreciar lo que una vez tuviste.
El brujo se giró hacia los compañeros.
- ¿A quién torturo primero?,- dijo el Maestro Kler. ¿A la bruja? ¿Al enano? ¿A la niña? No…., a la elfa, ¿verdad, General? Eran tus preferidas.
Wulbaif forcejeaba para soltarse, pero no podía. Las lanzas y el hechizo lo tenían aprisionado contra la pared.
- Ven hacia mí,- dijo el brujo a Namis.
La elfa comenzó a andar hacia el brujo, como sonámbula, sin poder detenerse.
- ¡No lo hagas, Namis!,- gritó Zadhar. ¡No vayas hacia él!
Pero la elfa no parecía oírle.
- ¡Para de una vez!,- gritó el guerrero. ¡Deja en paz a mis amigos, maldito!
El brujo reía mientras Namis se acercaba hacia él. Zadhar gritó desesperado. El guerrero se lanzó hacia sus hachas. Tras cogerlas, lanzó una hacia su hermano. El hacha voló directa hacia el campo de fuerza. El brujo sonreía, confiado en el poder de su magia, pero algo sucedió. El hacha tocó el campo de fuerza mágico y lo rompió, debido al poder del encantamiento que los magos de Dalaran habían efectuado sobre ella. Ante la mirada atónita del Maestro Kler, el hacha siguió su vuelo hacia él, clavándose brutalmente en su pecho. El brujo cayó al suelo, boqueando, mientras Namis despertaba de su extraño sueño. Zadhar se levantó del suelo y se dirigió hacia el trono. El Maestro Kler estaba allí. Aún vivía, intentando quitarse el hacha.
- No.., puede ser…,- dijo el brujo. Esto… no pue…de ocurrir…
- Estás muerto, hermano,- dijo Zadhar con desprecio mientras alzaba su otra hacha.
El arma bajó con rapidez, cortando el cuello del Maestro Kler. Aquel zombie que había matado a su familia llegó al final de su vida. La venganza de Zadhar se había cumplido. El guerrero sintió como un gran peso desaparecía de su corazón. Zadhar se dirigió hacia Wulbaif, para ayudarle.
- Ahora te saco,- dijo el guerrero.
- Aaaahh, no toquéis la niebla,- dijo Wulbaif.
- Esto te va a doler,- dijo Torvald.
Entre el enano y el guerrero, quitaron las lanzas que aprisionaban al paladín. Con un grito de dolor, Wulbaif fue alzado y sacado del foso. La sangre manaba de sus heridas, manchando su pecho y su espalda. La niña, que durante el combate había estado detrás de Jezabell y Namis, corrió hacia el paladín. Namis se arrodilló junto a él y, poniendo sus manos sobre las heridas, le curó con el poder de su magia. Una vez curado, Wulbaif se levantó.
Los pocos vampiros y hombres lobo que quedaban en el castillo, habían huido. Los compañeros liberaron al resto de los prisioneros y escaparon de aquel lugar maldito.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)