viernes, 9 de mayo de 2008

Anales de la Hermandad: 2. Del cautiverio de los Grifos

En los rincones de la antigüedad del mundo, hace más de un milenio, la vida era muy distinta de lo que conocemos hoy. Hubo un tiempo en el que los grifos, magníficos animales, nobles y regios, estaban esclavizados por los humanos. Utilizados como bestias de carga y para combates a muerte, los grifos llevaban una existencia penosa y servil, muy lejos de la vida de paz y armonía que llevan en la actualidad, en conjunción con la Alianza y bajo la supervisión de la Hermandad de los Caballeros del Grifo, defensores de tan fantásticas criaturas.
En aquella época, durante el reinado de Asgalar, rey de los Chedneks, los humanos conformaban un gran reino que comprendía desde los espesos bosques del norte de Azeroth hasta las heladas cumbres de Dun Morogh, hogar hoy de los enanos, que fueron expulsados siglos después, por los orcos, de su gran reino de Runkthaerk, la actual Rocanegra.
Asgalar era un tirano, un dictador, que había sometido a los humanos a su capricho. Durante su reinado, los grifos vivieron la peor de sus épocas como esclavos de los hombres. Asgalar había temido una rebelión de los grifos, pues en su interior, les tenía miendo. Temía a estos magníficos seres mágicos. Temía que llegasen algún día a entender que eran muy superiores a los humanos. Para evitar una tragedia como aquella, Asgalar había ordenado recoger todos los huevos de grifo que las hembras habían tenido, y esconderlos en cuevas secretas. Allí, los nuevos grifos nacerían bajo la supervisión de sacerdotes leales a Asgalar, sin que los grifos adultos supiesen donde se escondía su descendencia y con el temor omnipresente de que, si desobedecían a los humanos, los jóvenes grifos sufrirían las consecuencias.
Hoy en día, los hombres nos avergonzamos de aquel comportamiento. Pero nos ganamos el perdón de los grifos gracias a Nurion, el primer rey de Lordaeron. El rey Nurion Corazón de Grifo.

En las minas de hierro al este de Sthranbrad, una multitud de esclavos excavaban en la tierra, en busca del preciado mineral utilizado para armas y armaduras. Humanos, enanos y orcos, se afanaban bajo los golpes de los látigos de los capataces, picando la roca y extrayendo el mineral. Una vez fuera de la tierra, el mineral era transportado hacia grandes carros de madera, para sacar las menas al exterior de las minas, donde se fundiría para conseguir el mineral puro, que sería utilizado después en las forjas y herrerías del reino.
Atado a uno de estos grandes carros, un imponente grifo esperaba, con paciencia, a que los esclavos cargasen las menas de hierro en su interior. El grifo, esclavo al igual que el resto, transportaba el carro una y otra vez hacia el exterior. Durante toda su vida, el animal no había hecho otra cosa. Uno de sus hermosos ojos aparecía velado y el rostro alrededor del mismo, estaba circundado por una cicatriz en la que no habían crecido las plumas. Cicatriz producida por un latigazo no hacía mucho tiempo. El resto del cuerpo del grifo presentaba varias cicatrices de latigazos.
Un chasquido sacó al grifo de su ensimismamiento. El animal había estado cavilando sobre su desdichada vida, y no se había fijado en que el carro de madera ya estaba cargado con las menas de hierro de la mina.
- ¡Vamos, bestia estúpida!,- gritó el capataz que había agitado el látigo. ¡Muévete de una vez, o te cortaré las alas!
El grifo comenzó a avanzar, penosamente, pues el peso del carro era demasiado grande para una criatura como él. Aún así, poco a poco, el grifo consiguió sacar el carro de la mina y llevarlo hasta donde otros esclavos lo descargarían y lo arrojarían a las grandes forjas para extraer el mineral puro.
Una vez descargado, otro capataz hizo restallar su látigo, obligando al grifo a volver al interior de la mina, para extraer otro carro lleno.
Ese era el día a día de los grifos destinados en aquel lugar. Extraer carros cargados con menas de hierro de la mina, y volver dentro con los carros vacíos. Una y otra vez, una y otra vez.
Para evitar que volaran, los capataces los ataban a los grandes carros, sabiendo que los grifos, mal alimentados, no podrían volar con el peso muerto de los enormes transportes de madera arrastrando tras ellos. Cada vez que dos carros se cruzaban ambos grifos se miraban con tristeza, ansiando tiempos mejores y recordando los lejanos días en los que surcaban los cielos en libertad. Silenciosas palabras se dirigían uno a otro, en su extraño idioma telepático, cualidad que los humanos, por entonces, desconocían de los grifos. En aquel silencioso y triste idioma, se daban ánimos y apoyo espiritual, esperando, con ansiedad, el día de su liberación.
Los grifos lloraban en la noche, encerrados en grandes rediles dentro de las minas, y atados a sus enormes carros de por vida, añorando su libertad y preocupados por sus huevos y su descendencia. Los jóvenes grifos nacían en cautiverio, y desde el primer momento de su nacimiento, los humanos ya les golpeaban y les obligaban a trabajar, en tareas menores, minando su fuerza de voluntad, hasta hacerla desaparecer por completo.
Pero Nanai-Shai, el grifo tuerto, sentía en su corazón que, tarde o temprano, llegaría el final de la esclavitud, aunque para muchos, aquello suponía morir por los latigazos o los golpes, propinados por los capataces que se extralimitaban en sus castigos. De todas formas, había grifos de sobra, y la muerte de uno de ellos en las minas, no importaba absolutamente nada a los humanos, ya que tenían reservas de sobra.

Anales de la Hermandad: 1. Prólogo

Como una de las Hermandades más antiguas y famosas de Azeroth, los Caballeros del Grifo tienen una historia antigua y detallada de sus hazañas.
Con una serie de relatos que llevarán todos el título de Anales de la Hermandad, quiero relatar la historia de esta magnífica Hermandad de jugadores de World of Warcraft.
Como dijo el gran bardo Thalwar cuando leyó por primera vez nuestra historia, cautivado por la magnificencia de los grifos:

Vuela raudo y veloz,
Hacia el cielo has de ir.
Huye lejos de aquí,
Tienes que sobrevivir.
Perseguido serás,
La tierra surcarás.
Maltrecho animal,Ni una lágrima te caerá”

jueves, 8 de mayo de 2008

Nota nº 1

Con el undécimo capítulo llega a su fin el primer cuento sobre algunos de los principales personajes de la Hermandad de los Caballeros del Grifo. Espero que os haya gustado. Con posterioridad, iré añadiendo más historias sobre ellos.
Un saludo.
Wulbaif, Protector y Gran Maestro de la Hermandad de los Caballeros del Grifo.

11. Sinceridad

Tres noches después, los compañeros estaban acampados en el campamento de los magos de Dalaran. Zhuomar había quedado impresionado con la historia de lo que había ocurrido en el castillo. Y, sobre todo, le había agradado mucho que el mal de aquel sitio hubiera recibido aquel fantástico golpe.
Zadhar estaba en el límite del campamento, solo. Intentaba asimilar todo lo que había vivido aquellos días.
- ¿Porqué no me lo dijiste, Mirklo?,- se preguntaba el guerrero. ¿Porqué no me lo contaste?
- ¿Estás bien?,- preguntó Wulbaif.
El guerrero se giró sobresaltado.
- Sí. No pasa nada. Es que…
- Lo entiendo,- dijo el paladín. Han sido demasiadas emociones, demasiados asuntos ocultos. Necesitas tiempo para adaptarte…
- Tú lo has dicho, Wulf,- dijo Jezabell acercándose al paladín desde atrás. Demasiados asuntos ocultos.
El paladín se giró y vio a sus amigos acercarse a ellos.
- Sí,- dijo Torvald. ¿Cómo conocías ese veneno?
- ¿Y a qué se refería mi… hermano con lo de que tú volverías a ser la criatura que eras antes?,- dijo Zadhar.
Wulbaif se quedó pensativo, con la mirada perdida. La niña, que no se había separado del paladín en ningún momento, se cogió de sus manos.
- Wulf,- dijo Namis. Ha llegado la hora de que nos cuentes todo, ¿no crees?
- No podéis pedirme eso,- dijo el paladín.
- Vamos, muchacho,- dijo Torvald. Somos compañeros, hermanos de armas. ¿Aún no has aprendido a confiar en nosotros?
- Confío plenamente en vosotros, Torvald,- dijo Wulbaif. Os confiaría mi vida a todos vosotros, sin dudarlo. Pero, esto…
- Por favor, Wulf,- dijo Jezabell. No vuelvas a decir que tu pasado es muy complicado. Cuéntanos, ¿qué te atormenta? ¿De qué tienes miedo?
- ¿Tienes miedo de nosotros?,- preguntó Zadhar.
- No. Temo vuestra reacción a saber la verdad de mi pasado.
Wulbaif volvió a quedarse callado, pensativo, hundido en sus pensamientos. Tal vez había llegado la hora de sincerarse con sus amigos, al menos, con aquellos.
- ¿Qué visteis en los vampiros del castillo?,- preguntó de repente Wulbaif. ¿Qué visteis en sus ojos?
- ¿A qué te refieres?,- dijo Zadhar. Vimos vampiros, vimos seres malignos.
- Yo me vi a mí mismo,- dijo Wulbaif con una amarga sonrisa en sus labios. Vi mi pasado.
Sus amigos se quedaron callados.
- Fui el General del Batallón de Sangre de Arthas,- dijo Wulbaif. Fui un vampiro al servicio de la Plaga.
Sus compañeros estaban en silencio, conmocionados por lo que el paladín acababa de decir. De repente, Namis se acercó a él, con lágrimas en los ojos.
- Maldito,- dijo la elfa. ¡Tú mataste a mi pueblo!
La mujer elfa abofeteó el rostro del paladín, que recibió los golpes con estoicismo, sin defenderse. Fue Jezabell quien apartó a la elfa de Wulbaif. Namis cayó al suelo llorando, mientras el resto miraba a Wulbaif con miedo, tal y como el paladín había sospechado que pasaría. Un hilo de sangre le salía de su boca, consecuencia de los golpes de Namis.
- Por eso no quería contaros nada,- dijo Wulbaif. Ahora me teméis, aunque no hay motivo. Aún así, os contaré todo.
Wulbaif les contó todo lo ocurrido durante el final de la Gran Guerra, su caída en el Abismo y su resurrección, a cargo de los dioses. Les contó todo sobre su condena y su maldición. Ellos escucharon todo en silencio, excepto por Namis, que seguía llorando.
- Eso es todo lo que queríais saber,- dijo Wulbaif quitándose el destrozado tabardo de la Hermandad.
- ¿Porqué te quitas el tabardo?,- preguntó Jezabell.
La bruja fue la única en poder articular palabra, tras unos segundos. Wulbaif permanecía en silencio, mientras doblaba el tabardo con cariño. Tras doblarlo, el paladín observó el símbolo que había dirigido los últimos años de su vida. El grifo dorado, desgarrado por los últimos combates. Wulbaif lo acarició con los dedos, después, se lo tendió a Jezabell, en silencio.
- Pero, ¿qué haces?,- preguntó Jezabell.
- He perdido vuestra confianza,- dijo Wulbaif mientras se giraba para marcharse. Eso es algo que nunca voy a poder recuperar. Es mejor que me marche, que me aleje de vosotros. Estaréis mejor sin mí. Ya no tengo derecho a volver con vosotros a la Hermandad. Buscaré mi perdón en otro sitio.
Zadhar vio como su amigo se marchaba, internándose en al oscuridad del bosque, con un nudo en la garganta. Jezabell lloraba también, igual que Namis. Torvald, el enano del clan Macleod, se quedó sin hablar, sin saber qué decir, mientras Wulbaif se marchaba.
La niña seguía cogida de la mano de Wulbaif. El paladín intentó que se marchara, que volviera con los otros.
- Tienes que ir con ellos,- dijo Wulbaif. Estarás más segura que conmigo.
Pero la niña no hacía caso. Lo miraba con calma y tranquilidad, sin soltar su mano.
- Has escuchado lo que fui una vez,- dijo el paladín. ¿No me tienes miedo?
La niña negó con la cabeza y, con una sonrisa, se abrazó a Wulbaif.
- Está bien,- dijo Wulbaif. Ven conmigo. Junto a mí, no tienes nada que temer.
Wulbaif siguió andando, en la oscuridad. Se dirigiría hacia el sur, hacia las montañas. Intentaría buscar un nuevo hogar en Forjaz, la capital del gran reino de los enanos.
Namis se levantó, con lágrimas en los ojos. Se dio cuenta de que Wulbaif se había marchado. Sin decir nada, la elfa corrió, detrás del paladín. Tras varios minutos de carrera, Namis alcanzó a Wulbaif en el bosque, cortándole el camino. Wulbaif se quedó parado, en pie, sin hacer nada, mientras Namis le apuntaba con una flecha preparada en su arco. La niña miraba asustada a Namis.
- Adelante, Namis,- dijo Wulbaif. Apunta bien al corazón. No vaciles.
Namis temblaba y lloraba al mismo tiempo. La elfa luchaba por no disparar al paladín.
- Vamos, Namis. Hazlo,- dijo Wulbaif con calma. Acaba con tu sufrimiento y con el mío. Lo único que te pido es que cuides de esta niña, nada más.
Namis lloraba amargamente. La elfa bajó el arco, disparando la flecha hacia el suelo, donde quedó clavada. Namis cayó de rodillas al suelo, mientras lloraba. Wulbaif se acercó a ella y se arrodilló a su lado.
- No llores, Namis,- dijo Wulbaif. ¿Por qué no lo has hecho? Tenías todo el derecho de acabar con mi vida.
- No podía matarte,- dijo Namis entre sollozos.
- Debiste hacerlo. Debes hacerlo.
- No…,- dijo Namis. No…
- Lo siento. Siento mucho todo el mal que le causé a tu pueblo, Namis. No hay dolor suficiente en el mundo para pagar por todo aquello. Cada día que me levanto, imploro el perdón para mí, y admito mi castigo por mi pasado.
- No te vayas,- dijo Namis. Quédate con nosotros.
- No puedo, Namis. Ahora no. Tengo que marcharme.
- No te dejaré. No voy a dejar que te vayas.
- No, Namis. No puedo quedarme. Ya no. No volveréis a confiar en mí. Ya no puedo estar a vuestro lado sin que me miréis con desprecio y odio.
- No has perdido nuestra confianza. La mía no.
- Ni la nuestra,- dijo Jezabell detrás de ellos.
Ambos se giraron. Jezabell, Zadhar y Torvald estaban allí, de pie, observando la escena.
- Quédate,- dijo Zadhar. Tu secreto estará a salvo con nosotros.
- Sí,- dijo el enano. No se lo diremos a nadie. Tú eres nuestro hermano de armas. No creas que vamos a dejar que te diviertas tú solo por ahí, sin contar con nosotros.
Jezabell se acercó a ellos y le tendió el tabardo a Wulbaif.
- Ten,- dijo la mujer,- creo que se te ha caído. Mañana te lo coseré.
Wulbaif cogió el tabardo, mientras las lágrimas afloraban a sus ojos. Se levantó y se lo volvió a poner.
- Gracias,- dijo Wulbaif.

10. El final del Maestro Kler

Wulbaif se lanzó hacia el foso, aterrizando entre los vampiros. En su caída, arrastró a algunos hacia el suelo. Cuando se levantó, degolló a uno de los vampiros con su espada. Mientras el vampiro se deshacía, absorbido por la espada, el resto se apartó de ambos guerreros. Zadhar miró a Wulbaif, mientras el paladín le tendía su hacha. El guerrero la cogió. Una sonrisa apareció en sus labios. Ambos se pusieron espalda contra espalda, mientras volvían a atacar a los vampiros.
Mientras Jezabell había creado un campo de fuerza mágico, que impedía que las gárgolas les atacasen desde todos los lados. Las gárgolas se estrellaban una y otra vez contra el campo de fuerza. Jezabell mantenía las manos levantadas, para que el campo de fuerza no cayera. Pero no podría aguantar mucho tiempo más.
- ¡Daos prisa!,- gritó la bruja. No puedo aguantar eternamente.
Alzando las manos, Namis se concentró en las fuerzas de la naturaleza. Invocó el poder de las plantas de la zona. Tras un temblor del suelo, varias raíces gruesas surgieron de la roca, atrapando a dos de las gárgolas, que quedaron aprisionadas en el suelo, luchando por liberarse. Aún quedaban seis más. Era el momento de Torvald. El enano extrajo una de sus hachas arrojadizas. Torvald la lanzó con rapidez hacia una de las gárgolas que les sobrevolaban. El hacha hendió el cráneo del monstruo, que cayó al suelo muerto, donde se hizo añicos. Después, empuñando su espada, se lanzó hacia las cinco que quedaban.
En el foso, Wulbaif y Zadhar luchaban contra los vampiros. La destreza de ambos luchadores era muy superior a la de sus enemigos. Mientras las hachas encantadas del guerrero cercenaban cabezas, la espada mágica del paladín les absorbía la fuerza vital. En el suelo se amontonaban los montones de ceniza de los vampiros, con los cadáveres de los zombies y las víctimas del horrendo placer del Maestro Kler.
Torvald, al salir del campo de fuerza, hizo que las gárgolas le atacaran todas a él. Aquello hizo que Jezabell pudiera liberar el hechizo y lanzar otro contra aquellos seres de piedra, para ayudar al enano. La bruja dirigió sus manos hacia el grupo de gárgolas que sobrevolaba a Torvald, y se concentró en su siguiente conjuro.
- Gradork thain gamarc athiarii,- dijo la bruja en el extraño idioma de la magia negra.
Dos formas espectrales surgieron de sus manos. Dos fantasmas de sombras, que se dirigieron hacia el grupo de gárgolas. Los espectros consumían el pétreo cuerpo de las gárgolas, allí donde les tocaban. Torvald, mientras, luchaba contra dos de ellas, manteniéndolas a raya con su espada. A pesar de la ayuda de Jezabell, Namis sabía que el enano necesitaría más ayuda. Pero la elfa sabía que su magia estaba limitada allí dentro. Lo único que podía hacer era intentar distraer a las gárgolas de su objetivo principal: Torvald. Pero, aquello no funcionaría. Lo único que se le ocurrió…
Namis puso una flecha en su arco y disparó, pero no contra las gárgolas, sino contra una de las ventanas superiores. La flecha atravesó el aire y el cristal, rompiéndolo en mil trozos. Una ligera luz entró por la estrecha ventana. La luz de la luna. Era suficiente para su propósito. Dirigiendo las manos hacia las gárgolas, invocó el poder de los elfos nocturnos. Un rayo de luz lunar entró por la ventana rota, impactando contra dos de las gárgolas. Con un aullido de dolor, las gárgolas cayeron muertas al suelo.
Los enemigos estaban derrotados. En el foso, Wulbaif y Zadhar habían acabado con los vampiros, mientras que fuera, solo quedaban tres gárgolas. Dos de ellas estaban aprisionadas en las raíces que Namis había invocado, mientras que la otra, luchaba contra el enano. Torvald hundió la punta de su espada en el cuello de la gárgola, acabando con ella.
Lleno de ira, el Maestro Kler dio un fuerte grito de odio. Wulbaif fue levantado en el aire por una fuerza misteriosa, lanzado contra la pared del foso. El paladín se quedó allí, suspendido por alguna extraña fuerza mágica. Debido al golpe, su espada cayó al suelo. El paladín vio como, lentamente, la espada caía y se clavaba en el suelo del foso. Inmediatamente, la espada comenzó a generar la peligrosa niebla morada, al darse cuenta de que su dueño no podía luchar. Zadhar se acercó a Wulbaif, en una intención de ayudarle, pero el paladín le gritó para que no lo hiciera.
- ¡No!,- gritó Wulbaif. ¡No lo hagas! ¡No te acerques, Zadhar! ¡Sal de aquí, sal del foso! ¡No toques la niebla!
Zadhar miró a su amigo. El guerrero lanzó sus hachas por encima de la pared del foso y saltó, justo cuando la niebla llegaba a donde estaba él. Zadhar se cogió al borde del foso y, flexionando sus brazos, se levantó, hasta salir de allí.
- Quietos, o le mato,- gritó el brujo, cuando vio que los compañeros se dirigían hacia él.
Con un movimiento de sus manos, el brujo había hecho levitar una lanza que había junto a la pared, situándola frente a Wulbaif.
- No os paréis,- dijo Wulbaif. Matadlo. No os preocupéis por mí.
- Si lo hacéis, él morirá.
- De eso nada,- dijo Jezabell.
La bruja lanzó un rápido conjuro hacia el Maestro Kler. Una bola de fuego surgió de sus manos. Pero explotó antes de que llegase a su destino. Con una cruel risa, el Maestro Kler lanzó la lanza hacia Wulbaif. El arma atravesó el hombro derecho del paladín, haciendo que éste gritara de dolor.
- No podéis hacerme nada,- dijo el brujo. Mi campo de fuerza es impenetrable.
El brujo hizo levitar otra lanza, hacia el otro hombro de Wulbaif. El paladín gritó. Wulbaif estaba colgado en la pared, sangrando de sus heridas.
- Quédate ahí, General,- dijo el brujo. Te brindaré un fabuloso espectáculo con la tortura, el dolor y la muerte de tus amigos. Quizás así, sepas apreciar lo que una vez tuviste.
El brujo se giró hacia los compañeros.
- ¿A quién torturo primero?,- dijo el Maestro Kler. ¿A la bruja? ¿Al enano? ¿A la niña? No…., a la elfa, ¿verdad, General? Eran tus preferidas.
Wulbaif forcejeaba para soltarse, pero no podía. Las lanzas y el hechizo lo tenían aprisionado contra la pared.
- Ven hacia mí,- dijo el brujo a Namis.
La elfa comenzó a andar hacia el brujo, como sonámbula, sin poder detenerse.
- ¡No lo hagas, Namis!,- gritó Zadhar. ¡No vayas hacia él!
Pero la elfa no parecía oírle.
- ¡Para de una vez!,- gritó el guerrero. ¡Deja en paz a mis amigos, maldito!
El brujo reía mientras Namis se acercaba hacia él. Zadhar gritó desesperado. El guerrero se lanzó hacia sus hachas. Tras cogerlas, lanzó una hacia su hermano. El hacha voló directa hacia el campo de fuerza. El brujo sonreía, confiado en el poder de su magia, pero algo sucedió. El hacha tocó el campo de fuerza mágico y lo rompió, debido al poder del encantamiento que los magos de Dalaran habían efectuado sobre ella. Ante la mirada atónita del Maestro Kler, el hacha siguió su vuelo hacia él, clavándose brutalmente en su pecho. El brujo cayó al suelo, boqueando, mientras Namis despertaba de su extraño sueño. Zadhar se levantó del suelo y se dirigió hacia el trono. El Maestro Kler estaba allí. Aún vivía, intentando quitarse el hacha.
- No.., puede ser…,- dijo el brujo. Esto… no pue…de ocurrir…
- Estás muerto, hermano,- dijo Zadhar con desprecio mientras alzaba su otra hacha.
El arma bajó con rapidez, cortando el cuello del Maestro Kler. Aquel zombie que había matado a su familia llegó al final de su vida. La venganza de Zadhar se había cumplido. El guerrero sintió como un gran peso desaparecía de su corazón. Zadhar se dirigió hacia Wulbaif, para ayudarle.
- Ahora te saco,- dijo el guerrero.
- Aaaahh, no toquéis la niebla,- dijo Wulbaif.
- Esto te va a doler,- dijo Torvald.
Entre el enano y el guerrero, quitaron las lanzas que aprisionaban al paladín. Con un grito de dolor, Wulbaif fue alzado y sacado del foso. La sangre manaba de sus heridas, manchando su pecho y su espalda. La niña, que durante el combate había estado detrás de Jezabell y Namis, corrió hacia el paladín. Namis se arrodilló junto a él y, poniendo sus manos sobre las heridas, le curó con el poder de su magia. Una vez curado, Wulbaif se levantó.
Los pocos vampiros y hombres lobo que quedaban en el castillo, habían huido. Los compañeros liberaron al resto de los prisioneros y escaparon de aquel lugar maldito.

9. La ira de Zadhar

Zadhar había llegado a su destino. El castillo del Colmillo Oscuro. Extrañamente, el puente estaba bajado y el rastrillo abierto. Zadhar intentó cruzar, pero su montura se negó a seguir adelante. Algo asustaba al caballo, haciendo que reculara y se encabritara. Al guerrero no le quedó más remedio que bajar del caballo y entrar a pie en el castillo. Cogió su hacha, la única que le quedaba y entró en el patio de armas del castillo. No recordaba lo que le había pasado a su otra hacha. Recordaba que la última vez que la tuvo en la mano, fue cuando amenazó a Wulbaif, pero luego…, no recordaba donde la había dejado. Cuando cruzó la puerta de la muralla del castillo, el rastrilló bajó haciendo un chirriante sonido, hasta que se cerró completamente. Zadhar estaba atrapado en el interior. Pero aquello no lo amedrentó. El guerrero siguió caminando a través de la espesa y mortecina niebla que inundaba el patio de armas.
El guerrero presentía que no estaba solo en aquel patio de armas. Podía oír susurros, y el sonido de pisadas leves sobre el suelo de piedra. De repente, un hombre lobo surgió de la niebla, rugiendo con fiereza. El licántropo atacó a Zadhar con rapidez, pero la defensa del guerrero fue más rápida que la de la criatura. La cabeza del hombre lobo cayó al suelo, cercenada por el hacha encantada de Zadhar.
- No vas a continuar vivo mucho tiempo, humano,- dijo una voz femenina.
Zadhar intentaba descubrir el origen de la voz. No veía nada a través de la niebla.
- Vas a morir, humano.
- Ven a por mí, zorra.
- Matadlo,- dijo la voz.
Varios hombres lobo surgieron de la niebla, atacando al guerrero. Zadhar se defendía con rapidez y fuerza, deteniendo los zarpazos de los licántropos. El guerrero hería a sus enemigos, con su hacha encantada, cercenando brazos y piernas, atravesando los pechos de los mismos. Matándolos uno a uno. Uno de ellos atravesó la defensa de Zadhar, dando un fuerte zarpazo en el pecho del guerrero. Un sonido chirriante avisó a Zadhar de que su coraza había resultado dañada, aunque las garras no habían llegado a herirle. El tabardo de la hermandad había quedado hecho trizas. Zadhar miró al hombre lobo que le había herido, el único que quedaba. El licántropo gruñó y atacó a Zadhar con furia. El movimiento del guerrero fue rápido y contundente. Cercenó la pierna del hombre lobo. El licántropo cayó al suelo aullando de dolor. Zadhar lo remató con un hachazo en la cabeza. El hombre lobo expiró su último aliento, con la cabeza partida por la mitad. Zadhar recuperó su hacha, mientras la mujer que mandaba a los licántropos, aparecía lentamente detrás del guerrero.
De rostro bello y fiero, la mujer abrió la boca, mostrando sus colmillos, dispuesta a atacar a Zadhar por la espalda. Pero en un movimiento sorpresivo, Zadhar se giró y lanzó su hacha hacia la vampira. El impacto fue brutal. El hacha se clavó en su pecho, lanzándola hacia atrás en la niebla. La vampira gritaba de dolor. Zadhar no podía ver nada, debido a la niebla, pero se acercó lentamente hacia el origen de los gritos. Cuando pudo ver su hacha, la encontró clavada en un poste de madera. En el suelo, había un montón de cenizas, donde antes había estado el cuerpo de la vampira. Zadhar recogió el hacha y se dirigió hacia el interior del castillo.

Durante bastante rato, los compañeros habían vagado por los pasillos de las mazmorras del castillo, en busca de la salida. De cuando en cuando, eran atacados por licántropos, vampiros y zombies. Jezabell se había ido recuperando de los efectos del veneno. De repente, llegaron a la sala de guardia. Había allí varios licántropos, comandados por un enorme hombre lobo de pelo negro, que portaba un látigo. Antes de que pudieran reaccionar, uno de los hombres lobo se lanzó contra Wulbaif, tirándolo al suelo. El licántropo intentaba morder al paladín, pero Wulbaif detenía sus dentelladas con las cadenas. Por su parte, Namis, aún en forma de oso, se lanzó al centro de la sala, embistiendo contra el resto de los hombres lobo, destrozándolos con sus zarpas y sus colmillos. Torvald se dirigió hacia el jefe de los guardias, el gran hombre lobo del látigo.
El licántropo movió el látigo, haciéndolo chasquear, pero el enano no se arredró. Torvald cerró los puños con fuerza y se lanzó hacia el hombre lobo. El licántropo atacó al enano con su látigo, produciendo dos cortes en sus brazos y uno en su frente. El látigo era largo y el hombre lobo lo usaba con gran habilidad. Era difícil acercarse a él para matarlo. A Torvald se le ocurrió una sola idea. Cuando el licántropo volvió a atacar con el látigo, el enano colocó su brazo izquierdo en la trayectoria del mismo. El látigo se enroscó en su muñeca. Torvald sujetaba con fuerza el látigo, tirando de él, al mismo tiempo que el hombre lobo intentaba derribar al enano con su fuerza. Pero Torvald era demasiado fuerte para el hombre lobo. Poco a poco, el enano fue acercándose al licántropo, hasta que, de un fuerte tirón, lo derribó al suelo. Entonces, se lanzó hacia él y, poniéndose sobre su pecho, comenzó a lanzar fuertes puñetazos a su rostro, con la intención de debilitarle y aturdirle, hasta que Namis o Wulbaif pudieran matarlo.
Por su parte, Wulbaif, luchaba contra el hombre lobo que le había derribado. Las garras habían destrozado el tabardo del paladín y la cota de mallas también había resultado afectada, mientras que el licántropo seguía lanzando dentelladas hacia el cuello de Wulbaif. El paladín estaba herido por las garras de la bestia. La niña, que estaba a cargo de Jezabell, gritaba y chillaba de horror, al ver que el paladín tenía problemas para salir victorioso de aquella lucha.
- ¡Wulf!,- gritó Jezabell. ¡Intenta apartarte de él!
Wulbaif sabía que Jezabell lanzaría un hechizo contra el licántropo, y le avisaba para que el hechizo no le afectara también a él. Pero, ¿cómo escapar de aquella situación? La presa que el licántropo mantenía sobre él, era demasiado fuerte. Entonces, reuniendo fuerzas de flaqueza, Wulbaif cogió las mandíbulas del hombre lobo y comenzó a tirar de ellas, con fuerza. El licántropo intentaba escapar de aquella situación, pero el paladín mantenía sus manos aferradas con fuerza a las mandíbulas del hombre lobo. Tras varios segundos de forcejeo, se oyeron crujidos de huesos, mientras el licántropo aullaba de dolor, cuando su mandíbula fue desencajada por los fuertes brazos del paladín.
El hombre lobo se levantó, mientras movía la cabeza, intentando colocar de nuevo la mandíbula en su sitio. Fue lo que Jezabell necesitaba para matarlo. La bruja recitó las palabras de un hechizo. Un vórtice de sombras apareció en el suelo, a los pies del hombre lobo. Largos tentáculos negros surgieron del vórtice, aprisionando al licántropo, tirando de él, hacia el mundo de las sombras, mientras el hombre lobo aullaba, intentando escapar. El licántropo fue engullido por el vórtice, antes de que éste se cerrase.
Wulbaif se levantó y vio que Torvald tenía problemas con el gran hombre lobo. El paladín, rezando de nuevo a los dioses, atacó al licántropo.
- Que la ira de los dioses de Azeroth caiga sobre ti, criatura maligna.
Un rayo de luz dorada surgió de las manos de Wulbaif, impactando sobre el hombre lobo. Torvald se retiró a tiempo, mientras la luz impactaba en el pecho del gran licántropo. El hombre lobo estaba muerto en el suelo, mientras su cuerpo se consumía por la magia divina de Wulbaif.
La niña se soltó de la mano de Jezabell y corrió hacia el paladín, para abrazarse a él, asustada. Namis, había acabado con el resto de los hombres lobo. Con grandes convulsiones, el oso comenzó a aullar de dolor, mientras su cuerpo volvía a transformarse en la bella elfa. Tras varios segundos, Namis estaba en el suelo, arrodillada y desnuda, jadeando por el esfuerzo. Jezabell le alcanzó su ropa, para que la elfa se vistiese. Mientras Namis se vestía, Torvald observó que sus armas y posesiones estaban allí, en aquella sala. El enano también cogió las llaves de las celdas y quitó los grilletes de Wulbaif con ellas. Wulbaif se fijó en que el hacha de Zadhar estaba allí también. El hacha con la que el guerrero lo había amenazado. El paladín cogió el hacha, para devolvérsela a su dueño. Cada uno cogió sus armas y se las colocó. La niña seguía abrazada al paladín.
- Tranquila, pequeña,- dijo Wulbaif. No pasará nada.
Aún así, la niña no soltaba su capa. Wulbaif se la quitó y la arropó con ella, pues la niña parecía tener frío. Después, desenvainando la espada, se dirigió hacia la salida de las mazmorras, seguido por la niña y sus amigos.

Una vez dentro del castillo, Zadhar avanzaba despacio por los oscuros pasillos. Oía gritos y aullidos de dolor y agonía. El guerrero no sabía hacia donde dirigirse, por lo que decidió seguir aquellos gritos, para ver a donde le llevaban. El castillo estaba abandonado. La mugre, la suciedad y las telarañas inundaban todos los espacios posibles en las paredes, tapando los tapices que, tiempo atrás, habían adornado con opulencia aquel sitio. Poco a poco, Zadhar se acercaba al origen de los gritos.
Tras girar en una esquina, el guerrero vio una luz al final del pasillo. Los gritos eran ahora muy fuertes. El guerrero estaba llegando a su destino. Lentamente, con el arma preparada, Zadhar avanzó por el pasillo, hacia la luz y el origen de aquel tremendo jaleo.
Cuando llegó al final del pasillo, Zadhar miró horrorizado la escena que se le presentaba ante él. Había llegado a una gran sala rectangular. La luz provenía de multitud de antorchas encendidas y distribuidas por toda la pared. Alrededor de la sala, había varias columnas, rematadas con diversas gárgolas de piedra, que miraban amenazantes a toda la sala. En el centro de la sala, había un gran foso circular, rodeado por varios vampiros, que jaleaban el espectáculo que había en él. Al otro lado del foso, había un trono oscuro, donde un ser encapuchado se sentaba.
Fue la escena del foso lo que horrorizó al guerrero. En el interior de aquel horrible foso, varios zombies se alimentaban de personas. Personas vivas, que gritaban y aullaban de dolor, mientras los zombies los despedazaban y destripaban, ante la divertida mirada de los vampiros. Hombres, mujeres, niños, todos eran arrojados al foso, desnudos y desarmados. Aquella pobre gente no tenía ninguna posibilidad de salvación.
Una arcada de bilis inundó la garganta del guerrero. Zadhar dobló su cuerpo para vomitar, asqueado por aquella visión. Cuando se recuperó, el guerrero se levantó, dispuesto a acabar con aquella escena tan horrenda.
El ser del trono no parecía haber reparado en él, pues estaba absorto, mirando el espectáculo que se le ofrecía a sus pies. Zadhar lanzó dos ataques con su hacha hacia los dos vampiros más cercanos, cortándoles la cabeza. Sus cuerpos se convirtieron en ceniza, mientras Zadhar saltaba al interior del foso, gritando. Los vampiros, sorprendidos, comenzaron a gritar, mientras el ser del trono, observaba todo con mucha atención.
Zadhar lanzaba ataques a todos lados, decapitando zombies. Algunos de ellos se volvieron hacia él, ante la nueva amenaza, otros, morían mientras se comían a aquellas infelices personas. En poco tiempo, Zadhar acabó con todos los zombies. Ahora le quedaba el trabajo más duro. Aquellas personas aún estaban vivas, pero no había salvación para ellas. Era tarde. Lo único que Zadhar podía hacer por ellos es darles una muerte rápida e indolora. Levantando el hacha, el guerrero decapitó al primer hombre que gritaba de dolor. El guerrero fue acabando con todas las víctimas, una a una, decapitando sus cabezas, mientras las lágrimas afloraban a sus ojos.
Un leve aplauso se oyó cuando Zadhar acabó con aquella terrible faena. El guerrero miró hacia arriba, hacia el trono, pues era el ser que lo ocupaba quien aplaudía.
- Bien hecho, hermano,- dijo el brujo.
Zadhar lo miró sorprendido.
- ¿Hermano?,- preguntó el guerrero. ¿Ilgor?
El brujo comenzó a reír.
- ¿Qué te hace pensar que soy el pequeño Ilgor?,- dijo el brujo.
- Me has llamado hermano. ¿Quién eres?
- No es extraño que no me conozcas, hermano. Pero dime, ¿nunca te pareció extraño que tus padres fuesen tan mayores? ¿Nunca te preguntaste porqué tardaron tanto en tenerte a ti?
- ¿Quién eres?,- volvió a preguntar Zadhar.
- Mi nombre es Aldan, y soy el primogénito de la familia Kler.
- Mientes. Yo soy el primogénito, yo era el hijo mayor…
La cruel risa del brujo cortó las palabras de Zadhar.
- Eras muy pequeño, Zadhar, cuando nuestro estúpido padre me desheredó y me echó de las tierras de la familia.
Zadhar lo miraba con una expresión idiotizada, asimilando todo lo que aquel ser le contaba.
- Cuando tenía trece años,- siguió el brujo,- nuestro padre me… sorprendió con una de mis aficiones más queridas. Me encantaba el sufrimiento y el dolor. Me gustaba oír como los mortales gemían y gritaban con el dolor que yo les administraba. Padre me sorprendió torturando a una de las criadas de la hacienda. Me expulsó de la familia. Tú tenías dos años, Zadhar. No creo que lo recuerdes. Durante mucho tiempo, vagué por el mundo, en busca de un lugar donde poder realizar mis deseos, hasta que llegué a un lugar, donde el dolor y la tortura eran el pan de cada día. El gran nigromante Khel’tuzad me ayudó. Me dio los poderes que yo andaba buscando. Me convirtió en lo que ahora soy.
Con estas palabras, el brujo se quitó la capucha, dejando que Zadhar viera su rostro horrorizado.
- ¿Te asusta mi aspecto, hermano? Con mis nuevos poderes, regresé. Fui yo quien asesinó a nuestro padre y a nuestra madre. Los torturé hasta la muerte. Y el pequeño Ilgor…, sus gritos y chillidos…, aún los recuerdo… No imaginas el placer que me dieron aquellas tres muertes, Zadhar. Y de no ser por aquel estúpido enano…, tú también me lo habrías dado.
Zadhar entendió que Mirklo le había salvado la vida. Con una furia inmensa, nacida dentro de su corazón, Zadhar apretó su mano sobre el mango de su hacha, dispuesto a acabar con aquel maldito ser.
- Noto tu furia, hermano. Lo veo en tus ojos. Quieres acabar conmigo. Pero, no podrás. Morirás, de una forma lenta y muy dolorosa, igual que nuestros padres. Morirás, para darme placer a mí. Pero, antes de que mueras, verás algo mucho más divertido. Verás como aquel en quien más confías, se convierte en el ser maligno más poderoso que jamás haya existido. Tu amigo Wulbaif, volverá a ser la criatura que era. Lo doblegaré a mi voluntad.
- ¡Nooooooo!,- gritó Zadhar. ¡Te mataré!
El brujo volvió a reír de forma tenebrosa.
- Dadle una lección, pero no le matéis aún. Lo quiero vivo.
Los vampiros saltaron al foso. Nueve vampiros rodearon al guerrero, que levantó su arma, presto a combatir contra ellos. Pero, una fuerte explosión los dejó a todos parados. Una de las puertas laterales de la sala, estalló, levantando una gran cantidad de polvo y trozos de piedra y madera. Cuando el polvo bajó al suelo, el brujo observó a Jezabell, con las manos en su dirección. La bruja acababa de lanzar un hechizo de explosión de fuego contra la puerta. Jezabell bajó las manos. En aquel instante, los compañeros entraron en la sala. Wulbaif iba primero. El brujo gritó con odio hacia los recién llegados.
- Moriréis, todos,- dijo el brujo. Sométete, General.
- Jamás,- dijo Wulbaif. Soy un paladín. Yo lucho por la libertad y la justicia, brujo. Lucho por unos ideales que están más allá de tu comprensión. Prefiero morir a unirme a tu causa.
- Que así sea, paladín,- dijo el brujo con desprecio. Tenías el poder en tus manos. Tenías todo ante ti, y lo has tirado. Has defraudado a nuestro Amo. Mereces morir de forma lenta. Todos moriréis. Aznag zoth gumtark, arkons.
Tras aquellas extrañas palabras, las gárgolas de las paredes cobraron vida y se lanzaron en picado hacia los compañeros, mientras los vampiros, volvían a la carga contra Zadhar.
- ¡Ayuda a Zadhar!,- gritó Torvald. ¡Nosotros nos ocupamos de las gárgolas!

8. La Huida

Zadhar cabalgaba sin descanso. Lo había hecho durante toda la noche. Sentía su caballo agotado, pero tenía una necesidad imperiosa por llegar a su destino. Poco a poco, su ira se había ido apagando, hasta que llegó a cuestionarse su actuación frente a sus amigos. ¿Por qué había golpeado a Wulbaif? El guerrero no lo sabía. No recordaba lo que el paladín había dicho. Solo recordaba que, de repente, había sentido una necesidad de golpear a Wulbaif, incluso de matarlo. Zadhar aún no se explicaba porqué había ocurrido aquello. Jamás se le habría ocurrido atentar contra la vida de su amigo. Pero…, algo en su mente le había incitado a hacerlo.
Zadhar siguió cabalgando, refrenando un poco a su montura. No quería matarla de agotamiento, al menos, hasta que llegase al castillo.

Jezabell se despertó. Estaba en la oscuridad de la celda. Tenía frío y su brazo izquierdo estaba entumecido. Apenas podía moverse y no veía casi nada. La mujer no sabía si era causa de la celda, o de su herida. Oía los ronquidos de Torvald en la oscuridad. Jezabell intentó levantarse, pero no pudo. Un punzante dolor le laceraba el hombro. Un gemido de dolor alertó a Namis de que Jezabell se había despertado. La elfa se acercó a la bruja.
- No te levantes,- dijo Namis. Estás débil.
- ¿Qué ha sucedido?,- preguntó Jezabell con voz débil.
- Nos atraparon.
- Me duele el hombro.
- Te dispararon una flecha con un veneno paralizante,- dijo la elfa. Te extraje la flecha, pero no he podido curarte la herida. Algo en esta celda bloquea la magia. Te he vendado la herida. Espero que no se te infecte.
- Intenté lanzar un hechizo, pero…
- Lo sé, Jezabell. Lo sé. No te culpes. Ninguno de nosotros pudo resistir.
- Solo Wulbaif,- dijo Torvald, que se acababa de despertar. Con él no pudieron. Le atraparon, porque el brujo que mandaba a los no-muertos amenazó con matarte.
- ¿Dónde está?
- No lo sabemos,- dijo Namis. No le han encerrado con nosotros.
- Tengo frío,- dijo la bruja.
Namis puso una mano sobre la frente de Jezabell.
- Tienes un poco de fiebre,- dijo la elfa. Creo que se te ha infectado la herida. Aguanta. Pronto saldremos de aquí.
- No estoy preocupada,- dijo Jezabell. Wulf vendrá a por nosotros. Estoy segura.

Wulbaif se despertó de repente. El paladín se había quedado dormido. Sus brazos le dolían, debido a que estaba colgado del techo. ¿Cuánto tiempo hacía ya? El paladín había perdido la cuenta de las horas que llevaba allí. ¿Horas? Tal vez días. Wulbaif tenía que salir de allí. Eso lo tenía claro. Y cuanto antes mejor. El paladín observó sus grilletes y las cadenas. Demasiado fuertes para romperlas. Quizás pudiera arrancarlas del techo de la celda. El paladín flexionó sus brazos, levantando su cuerpo. Wulbaif fue trepando por las cadenas, hasta llegar al techo. La celda estaba tan oscura, que no podía ver bien el estado del anclaje de las cadenas al techo, pero confiaba en que su fuerza le ayudaría a arrancarlas de allí. Wulbaif giró en el aire, colocando sus pies en el techo. El paladín comenzó a hacer fuerza con sus piernas, tirando de las cadenas con sus manos. Sus músculos se tensaron al máximo, y las venas de su cuello se dilataron, debido al esfuerzo que realizaba. Durante largos segundos, no ocurrió nada, pero, de repente, los anclajes de las cadenas se soltaron. Wulbaif cayó al suelo, de espaldas.
Durante un rato se quedó en el suelo, frotándose la dolorida espalda. Después, se levantó y se acercó a la puerta. Era una sólida puerta de madera, revestida de metal. No había forma de que pudiera echarla abajo. Wulbaif exploró toda la celda, en busca de algo que pudiera utilizar, pero, salvo alguna rata, no encontró absolutamente nada. Sin saber qué hacer, comenzó a observar las cadenas que aprisionaban sus muñecas. Eran sólidas y gruesas. Podría utilizarlas como arma contundente, aunque no haría verdadero daño a las criaturas del aquel castillo, tal vez, le dieran el tiempo suficiente para escapar y recuperar su espada.
Wulbaif se volvió a acercar a la puerta. Intentó mirar por la rendija que había entre la puerta y el marco de la misma. Un hombre lobo, como el que les visitó la otra noche en el bosque, estaba de pie, haciendo guardia ante la puerta de su celda. El paladín no podía ver más, con lo cual, no sabía si había más enemigos cerca de su puerta. Pero tenía que arriesgarse. Además, tenía la certeza de que aquel maldito brujo no lo quería muerto.
Decidido, Wulbaif comenzó a dar patadas a la puerta, con todas sus fuerzas, gritando.
- ¡Eh! ¡Licántropo! ¡Abre la puerta!
El hombre lobo observaba la puerta de la celda sin moverse.
- ¿Es que no me oyes, imbécil? ¡Abre esta maldita puerta! ¡Obedece!
El licántropo seguía sin hacer nada.
- ¡Abre la puerta! Soy el jefe del Batallón de Sangre. Debes obedecerme…
El hombre lobo se acercó a la puerta y la golpeó con fuerza.
- ¡Silencio!,- gritó el hombre lobo con una voz siniestra y oscura.
- Abre la puerta,- dijo Wulbaif. Dile a tu Amo que acepto su propuesta. Quiero recuperar mi poder y mi inmortalidad.
El hombre lobo se quedó unos segundos pensando, para después, desaparecer del campo de visión de Wulbaif.
- ¡Eh! ¿A dónde vas? ¡Vuelve aquí y abre esta maldita puerta!
Tras largos segundos, el hombre lobo volvió, acompañado de alguien más.
- Retírate de la puerta,- dijo el acompañante.
Wulbaif se retiró, hacia el centro de la celda. La puerta se abrió y entraron el hombre lobo y su acompañante, un humanoide.
- Vaya, te has soltado. Veo que sigues teniendo parte de tu fuerza,- dijo. Soy Ilvatar, vampiro al servicio del Maestro Kler.
- Sí, te conozco,- dijo Wulbaif. Eres el que descendió en la nube de oscuridad en el bosque.
- Así es. ¿Qué es lo que quieres?
- Acepto la propuesta de tu Maestro,- dijo Wulbaif. Quiero volver a ser el que era.
- Vaya. Esto es una sorpresa. El Maestro Kler aseguraba que tardarías más en doblegarte. Veamos si es cierto. Tráela,- dijo volviendo la mirada hacia el hombre lobo.
El licántropo salió de la celda y volvió a los dos minutos. Traía consigo a una niña de unos doce años. La niña lloraba. Estaba aterrada y sucia. Debía de ser una cautiva de aquellas mazmorras, como Wulbaif y sus amigos. Tras aquella máscara de mugre, la niña debía de ser preciosa. El paladín la miraba con ternura en sus ojos.
- Adelante,- dijo Ilvatar. Aliméntate de ella.
Wulbaif lo miró enfurecido. No iba a matar a aquella preciosa niña.
- Cuando los dioses me quitaron la Sed, también me quitaron los colmillos, Ilvatar. No puedo morderla. Préstame un cuchillo y la degollaré para poder beber su sangre.
Ante aquellas palabras, la niña se arrodilló al suelo, llorando, totalmente aterrada. Ilvatar golpeó a la niña con su pie varias veces, ordenándole que se callara. Después, dirigió su vista hacia Wulbaif, que lo observaba todo con ira.
- No voy a darte ningún arma, hasta estar seguro de tus intenciones. Si no tienes los colmillos, muerde su cuello, desgárraselo hasta que la sangre mane. Arranca su carne y bebe su sangre, y yo te sacaré de aquí.
Wulbaif estaba acorralado. La niña seguía llorando. El paladín tenía que pensar con rapidez. Se acercó a la niña y se agachó junto a ella. La rodeó con sus brazos y la cogió. Mientras se levantaba con la niña en sus brazos, ésta lloraba amargamente. Wulbaif besó el delicado cuello de la niña. Cuando sus labios estuvieron cerca de su oreja, Wulbaif le susurró:
- No te preocupes,- dijo el paladín en susurros. Yo te voy a proteger.
Al haber rodeado a la niña con sus brazos, Wulbaif había permitido tener las cadenas totalmente sueltas, para atacar. Con una rapidez inusitada, Wulbaif atacó al vampiro. Lanzó una patada hacia sus testículos, haciendo que Ilvatar se doblara de dolor. Pero antes de que Ilvatar pudiera hacer nada, Wulbaif lanzó una fuerte patada hacia su rostro. El vampiro cayó al suelo, con la nariz rota y sangrando. Wulbaif sabía que en pocos segundos, el vampiro atacaría, totalmente curado, pero su ataque había sido tan rápido, tan sorpresivo, que el licántropo miraba al vampiro totalmente desprevenido. Wulbaif se lanzó hacia el hombre lobo y lo derribó de un fuerte empujón. Después salió de la celda, justo cuando el vampiro se levantaba.
Wulbaif no sabía en qué dirección correr. Con la niña en brazos, corrió por el pasillo de las mazmorras, seguido de cerca por el vampiro y el hombre lobo.

Namis daba vueltas en la celda, pensativa. No había parado de hacerlo desde que Jezabell se había despertado.
- ¿Quieres parar de una vez?,- dijo Torvald enfadado. Me estás poniendo nervioso.
- Cállate, Torvald,- dijo Namis. Tal vez pueda sacarnos de aquí.
- ¿Quién?
- Yo.
- ¿Tú? ¿Cómo? Tu magia no sirve aquí dentro.
- Mi magia curativa no,- dijo Namis. Pero, mis transformaciones, funcionan de otra manera.
- Podrías transformarte y derribar la puerta, Namis,- dijo Jezabell. ¿Por qué no lo intentas?
Torvald se levantó y se acercó a la puerta. Madera sólida y revestida de metal.
- Haría falta mucha fuerza para derribar esta puerta,- dijo el enano.
- Puedo transformarme en oso,-dijo la elfa. Tendré la fuerza suficiente para derribar la puerta y encontraremos a Wulbaif. Apártate de la puerta, Torvald.
Rezando para que funcionara, Namis se concentró. La transformación en oso siempre era la más dolorosa de todas. La elfa se quitó la ropa, para no destrozarla. Aquello ya lo había hecho otras veces, y no le avergonzaba estar desnuda frente a sus amigos. Buscó en su interior el espíritu del bosque, el espíritu del oso y lo dejó fluir a través de su sangre. Inmediatamente, la fuerza del poderoso animal inundó su cuerpo, comenzando la transformación. Namis gritaba de dolor, mientras su cuerpo se retorcía. Sus huesos se estiraban, sus músculos se fortalecían. Su cuerpo se transformaba en un enorme oso pardo. Los gritos de dolor se cambiaron por feroces aullidos de bestia. Cuando la transformación acabó, el oso que ahora era Namis, se lanzó hacia la puerta.
La puerta aguantó el primer embiste de la bestia. Y el segundo. Pero al tercer golpe, los goznes saltaron de la pared de roca y la puerta voló por los aires, dejando el camino abierto para los compañeros.

Una pesada puerta estuvo a punto de aplastar a Wulbaif y a la niña contra la pared del pasillo. El paladín frenó a tiempo, mientras la puerta se estrellaba frente a él. De repente, un enorme oso pardo salió de la celda que cerraba la puerta, seguido por Torvald y Jezabell. La bruja se apoyaba en el enano, mientras el oso, rugía enfurecido en dirección a Wulbaif. El paladín comprendió que aquel oso era Namis y, que no le rugía a él, sino a sus perseguidores. Con ferocidad, el oso se lanzó hacia el licántropo, embistiéndole y destrozando su pecho con sus poderosas zarpas, mientras Ilvatar, levitaba sobre ellos, poniéndose lejos del alcance del oso. Wulbaif tenía que reaccionar rápido. Namis no podría con los dos a la vez.
El paladín soltó a la niña, dejándola a cargo de Torvald. Entonces, lanzó las cadenas hacia uno de los tobillos de Ilvatar. La cadena se enredó en la pierna del vampiro y Wulbaif tiró de ella. Cuando el vampiro estuvo en el suelo, Wulbaif comenzó a pelear con él, con sus manos desnudas, intercambiando puñetazos. Mientras, Namis mordía con fuerza el cuello del hombre lobo, haciendo que la criatura aullara de dolor.
Wulbaif enredó la cadena alrededor del cuello del Ilvatar, en un intento de asfixiarle, para debilitarlo, pero el vampiro era muy fuerte.
- No me matarás así,- dijo Ilvatar con la voz forzada por la cadena.
Mientras luchaban, Wulbaif había notado algo nuevo en su interior. Sentía que la fuerza de los dioses volvía a su cuerpo. Tal vez, fuera de las celdas, su magia funcionaría de nuevo.
- Tal vez, no, vampiro,- dijo Wulbaif. O tal vez sí.
Sin soltar la presa que hacía sobre el cuello del vampiro, Wulbaif colocó su mano derecha en la espalda de Ilvatar, abierta, y rezó a los dioses.
- Dioses de Azeroth, prestadme vuestro poder purificador. Yo te exorcizo de esta tierra, criatura del mal.
Ilvatar comenzó a gritar de dolor, mientras por su boca, su nariz y sus ojos, surgían estelas de luz amarillenta. El vampiro aullaba, mientras su malvado espíritu abandonaba su cuerpo para siempre, ahuyentado por el poder del paladín. Entre aullidos de dolor, el cuerpo de Ilvatar comenzó a desintegrarse, convirtiéndose en cenizas, entre los brazos de Wulbaif. Cuando el cuerpo del vampiro desapareció, Namis había acabado con el hombre lobo. El oso había destrozado tanto el cuerpo del licántropo, que era imposible que se recuperara, sobretodo, porque Namis le había arrancado y destrozado el corazón a mordiscos. Wulbaif la miró. El oso relamía la sangre de su hocico y miraba en busca de más presas que no tardarían en llegar.
Wulbaif se acercó a Jezabell y la abrazó con cariño.
- ¿Estás bien?,- dijo el paladín.
- Tengo frío,- dijo la mujer. Pero estoy bien.
- No, no lo estás,- dijo Wulbaif tocando el rostro de la mujer. Tienes demasiada fiebre.
- La herida se le ha infectado,- dijo Torvald. Tal vez…
- No es la herida,- dijo Wulbaif. Es el veneno. La está matando lentamente.
- Pero…, Namis dijo que era un veneno paralizante…,- dijo Jezabell.
- Tiéndete en el suelo,- ordenó Wulbaif.
La mujer le obedeció, mientras el paladín retiraba las improvisadas vendas que Namis había hecho con su capa. El hombro de Jezabell se veía ennegrecido y su carne había empezado a pudrirse alrededor de la herida de la flecha.
- Que infección más extraña,- dijo Torvald.
- No es una infección,- dijo Wulbaif. Son los efectos del veneno. La matará y la convertirá en una no-muerta.
- ¿Qué?,- dijo Jezabell asustada.
- No te asustes,- dijo Wulbaif. Sabes que conmigo no te pasará nada. No usaron un veneno paralizante normal. Es ragzakre, un raro veneno que paraliza los músculos poco a poco, hasta que llega al corazón. Al mismo tiempo, convierte a las víctimas en zombies.
- ¿Cómo sabes eso?,- preguntó el enano.
El paladín no contestó la pregunta de Torvald. Wulbaif colocó sus manos sobre el hombro de Jezabell y volvió a rezar a los dioses.
- Dioses de Azeroth, purificad este cuerpo con vuestro poder, libradlo del mal que lo consume.
Las manos del paladín comenzaron a brillar. Jezabell gimió de dolor, mientras el veneno comenzó a salir de su cuerpo por la herida del hombro. Poco a poco, la carne del hombro de la bruja volvió a tener su color normal, mientras el veneno abandonaba su cuerpo. Por último, la herida de Jezabell se cerró completamente, sin dejar marca alguna de la herida.
Antes de que Jezabell pudiese dar las gracias a Wulbaif, oyeron gritos y aullidos por el pasillo.
- Preparaos,- dijo Torvald. Tenemos compañía.